Chiltepeque: protesta sin causa
El conflicto registrado la semana pasada en el relleno sanitario de Chiltepeque dejó más ruido político que argumentos de fondo. Lo que se presentó como una protesta social terminó evidenciando una operación fallida de supuestos activistas que, lejos de ofrecer alternativas, apostaron por la desinformación y la confrontación. El intento de cerrar los accesos al depósito no sólo carecía de sustento técnico, sino que ignoraba un dato clave: de acuerdo con la Semarnat y la Profepa, el sitio cuenta con los permisos y licencias necesarias para su operación. No había, por tanto, base legal ni ambiental para paralizar una infraestructura que recibe diariamente alrededor de mil 700 toneladas de residuos sólidos. La protesta dejó al descubierto dos realidades. Por un lado, la presencia de liderazgos que parecen encontrar en el conflicto una oportunidad de negocio, utilizando acusaciones infundadas para obtener beneficios económicos. Por el otro, la capacidad de los gobiernos estatal y municipal para contener una escalada social que habría derivado en una crisis de salud pública para al menos nueve municipios. La intervención coordinada de funcionarios del Gobierno de Alejandro Armenta y de la administración municipal encabezada por José Chedraui permitió desactivar una movilización sin rumbo claro y evitar un problema mayor. Porque la pregunta es inevitable: ¿qué destino tendría la basura de miles de familias si el relleno fuera cerrado por presión de grupos sin propuestas viables? Más allá del ruido, el debate de fondo sigue pendiente. En lugar de bloqueos y amenazas, la discusión debería centrarse en soluciones reales: campañas de reciclaje, educación ambiental y una participación ciudadana auténtica que no dependa de cuotas ni prebendas. El cuidado del medio ambiente exige responsabilidad y propuestas, no conflictos fabricados. ¿Será?
Mucha alarma, poco sismo
El sismo de magnitud 5.7 con epicentro en Oaxaca de este domingo, volvió a poner en evidencia la delgada línea entre la prevención necesaria y la sobrerreacción social. Aunque el movimiento telúrico fue apenas perceptible en algunas regiones de Puebla -como la Mixteca y la Sierra Negra- pero imperceptible en la zona metropolitana de la capital, la activación del sistema de alertamiento sísmico y la evacuación masiva generaron una sensación de emergencia que no correspondió con la realidad del fenómeno. La respuesta de las autoridades, encabezada por Protección Civil estatal y municipal, cumplió con los protocolos establecidos: el SASMEX funcionó correctamente, se contó con un tiempo de anticipación de 75 segundos y los equipos de alertamiento operaron sin fallas. En términos técnicos, el sistema respondió como estaba diseñado. Sin embargo, el resultado práctico fue la evacuación de más de miles personas de hospitales, edificios públicos y centros comerciales, pese a que el sismo no se sintió en la ciudad. Este contraste abre un debate necesario: ¿estamos preparados para reaccionar con criterio ante eventos sísmicos o simplemente seguimos protocolos sin matiz? La prevención es indispensable en un país sísmico como México, pero cuando la alarma supera al riesgo real, se corre el riesgo de desgastar la credibilidad de los sistemas de alerta y generar desinformación o pánico innecesario entre la ciudadanía. Más que cuestionar la activación de los mecanismos de seguridad, el episodio invita a reflexionar sobre la comunicación del riesgo y la toma de decisiones. La protección civil no sólo debe alertar, sino también contextualizar. Porque en la cultura de la prevención, tan importante como sonar la alarma es saber cuándo y cómo hacerlo. ¿Será?
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