Tengo una amiga a la que evito saludar con el consabido “¿cómo estás?”. Cada vez que lo hago, aprovecha para contarme todo tipo de desdichas y malestares. Tras escucharla suelo concluir que posee un imán para atraer calamidades y que es una quejosa incorregible. Sin embargo, si la mirara con un poco de empatía, podría decir que quizá tenga alguna emoción del pasado atorada que no sabe cómo procesar y que eso le produce un malestar generalizado.
Escuchamos por todos lados que es recomendable encontrar alternativas para liberar la tensión, pero son pocas las personas (mi amiga quejosa no forma parte de ese grupo) que tienen la receta para lograrlo. Recuerdo que en una ocasión le compartí a un buen amigo una situación por la que atravesaba y que me producía una ansiedad extrema. Su consejo fue: “No dejes que te invada, no esperes a mañana. Hoy mismo dale la vuelta. De inmediato”. Parecen palabras lógicas e inteligentes, sin embargo, lo recomendable no es huir de nuestras emociones ni buscar la manera de apagarlas. Somos seres vivos y no podemos evitar tener sentimientos. Aún más, lo que sentimos, y por ende pensamos, es tan trascendental que en ello basamos todas nuestras decisiones.
En nuestra mente suceden las emociones y después vienen las ideas y los pensamientos que muestran la realidad coloreada en diferentes tonalidades dependiendo de cada persona. Por eso es que no vemos los hechos como suceden, sino que miramos la realidad distorsionada por nuestra conciencia. De esta suerte que cada individuo observe el mismo mundo a su manera. Pongamos un ejemplo rápido: La caza de tigres de Bengala. Este hecho para algunos es detestable, para otros es un evento sin consecuencias y para otros más resulta una actividad divertida. Esto se debe a que el suceso es uno, pero su interpretación cambia de una persona a la siguiente.
Suena lógico que, si es posible observar la entrada de un sentimiento al cuerpo, como le sucede a mi amiga con frecuencia, también sea posible presenciar su salida. Existe un ejercicio que resulta efectivo para estos casos y que se puede practicar en cualquier momento. Consiste en localizar el sentimiento de pena dentro de nosotros, llevarlo con nuestra mente a cada uno de los rincones del cuerpo y a todas las células que nos conforman. Entonces, se le sube el volumen, es decir, se le da toda la atención y se magnifica poniendo los sentidos en esa sensación, y sólo en esa, hasta que nos habite por completo.
De forma natural, después de un rato, la queja desaparecerá y, en algunos casos, hasta se olvidará lo que la originó, ya que se le podrá observar como un evento separado del sentimiento que tenía unido. Esta técnica se puede aplicar a cualquier dolencia del alma, llámese desamor, odio, envidia, deseo o alguna otra.
Se nos advierte en contra de tomar decisiones importantes cuando pasamos por un mal momento ya que las consecuencias podrían ser fatales. Por otro lado, pienso que tampoco es recomendable ignorar y permanecer con las angustias dormitando en nuestro ser. Lo mejor, con certeza, es buscar la manera de que todas las dolencias salgan de nosotros.
