Hace unos 10 años, caminaba por el museo LACMA de Los Ángeles en compañía de una curadora y del director de otro museo quienes, al igual que yo, visitaban la ciudad. Hacíamos plática cortés, comentábamos las obras expuestas y, de vez en cuando, bromeábamos. Al entrar en una sala, vi una pintura de León Golub. Era la primera vez que me encontraba con una pieza suya y, desde ese momento, jamás he olvidado el nombre de aquel artista.
Mi sorpresa al mirar el cuadro fue comparable a sentir un alud de nieve caer encima de mí en pleno verano. Cuando me pude recuperar de la primera impresión, me di cuenta de que temblaba como si estuviera remojada de pies a cabeza. Frente a mí estaba una tela gigantesca de unos tres metros de alto por cuatro de ancho. A lo lejos, escuchaba la voz de mis acompañantes, quienes posiblemente discutían sobre sus cualidades estéticas y sobre la biografía del artista. Yo, en ese momento, sólo era consciente de un zumbido que parecía provenir de la tela.
León Golub fue un artista estadounidense, considerado como uno de los exponentes más importantes que renovaron el género conocido como pintura histórica. En formatos que rebasan las proporciones humanas, su trabajo pone al descubierto situaciones de conflicto y agresión masculina. Golub se sumó al grupo de artistas que protestaron contra la guerra de Vietnam y contra subsecuentes acciones de los Estados Unidos en Centroamérica. Realizó una serie de obras como respuesta a la guerra en la que perecieron dos millones y medio de indochinos.
El lienzo en el LACMA mostraba a dos guardias con garrotes en las manos y expresiones entre malignas y divertidas. Había un tercer hombre tirado en el piso con el rostro ensombrecido por el dolor y el miedo. El lenguaje corporal de los guardias era violento y me remitía, como espectadora, a una escena de tortura. Las dimensiones y la manera en que, Golub, aplicó la pintura multiplicaban, por mucho, el efecto de brutalidad. Al contemplar la obra, me faltaba el aire y sentía como si el alma se me escapara del cuerpo.
Para crear sus telas, el artista aplicaba varias capas de pintura a la manera “expresionista”. Al utilizar este término, lo hago en el sentido más puro del lenguaje ya que, a mi parecer, León Golub deforma la realidad, de tal manera que el espectador no tenga otra alternativa que reparar en ella y, en consecuencia, esta cobra el sentido que legítimamente debería tener. Es decir, el artista representa el horror de la guerra y la violencia, dándole, mediante su técnica, su verdadero significado. Como espectadores, no hay otra opción que sentirse consternados ante las escenas.
Golub pintó imágenes de mercenarios, guerra, tortura e interrogatorios. Lo hizo aplicando color para después rasparlo o literalmente agredirlo con cuchillos y herramientas de carnicero. Arrancaba la pintura a tiras como quien despelleja un cuerpo. El artista entendía la violencia no como un fenómeno aislado, sino como una expresión en la dinámica entre el poder y la impotencia. Como resultado, en sus obras aparecen unos monstruos con expresiones literalmente crudas y de proporciones gigantescas que, como él mismo explicaba, son producto de la sociedad violenta y convulsa. Su obra pone al espectador frente a una situación que lo convierte en testigo o cómplice, ya que los personajes que ejercen dolor le devuelven la mirada.
Estas telas colosales, pintadas de manera magistral, retratan realidades que la mayoría de nosotros preferimos no mirar o simplemente optamos por ignorar. Al hacer su trabajo, Golub transforma lo horrible en algo bello, le exprime la belleza al objeto y, en efecto, las piezas son hermosas estéticamente a pesar de lo terrible del tema. Una verdadera paradoja.

