Figuraciones Mías
Por: Neftalí Coria / @neftalicoria
Muchas veces mientras leemos una historia, podemos apropiarnos de las cosas que nos parecen hermosas y que tienen que ver con la vida nuestra. Y lo vemos en la lectura como una resignificación de lo que a nosotros nos ha sucedido, aunque pareciera que en la realidad nuestra, el hecho tuviera una importancia menor. Y es que lo que sucede en la vida, es que muchas veces, el presente nos envuelve en torbellinos que no nos dejan ver el valor de lo cercano, ni lo importante de las cosas que en el orden del tiempo presente vamos haciendo. Por eso somos capaces de perder cosas irrecuperables que a la postre, caemos en cuenta que no debimos dejarlas a la orilla del camino, aunque la mayoría de las veces ya sea tarde. O al revés, con el tiempo llegamos a saber –y puede ser gracias a alguna lectura reveladora– que lo que tenemos en las manos, debimos dejarlo en el camino, aunque también para eso, ya sea demasiado tarde.
Sucede con frecuencia, mientras somos testigos de un suceso (en la lectura), que aquello se parece a lo que nos ha sucedido en nuestra historia, y al verlo en la piel de los personajes que leemos, se nos aclaran la visión de las cosas que no podíamos ver cuando aquello nos estaba sucediendo en plena realidad.
Hace mucho leía una novela de José Donoso y el personaje protagónico, era una mujer hermosa en la que yo veía la semejanza de otra mujer que vivía en las cercanías de mi realidad y temí aquel inmenso parecido; “es igual a ella”, me decía. Aquella semejanza, tomó mayor sentido, cuando la escuché proferir una arenga sobre el odio al hombre, dada su historia de la niñez, muy parecida a la protagonista de la novela de Donoso y temí mucho más su presencia en mi vida. Creí profundamente que aquella enseñanza que me estaba dando la novela del autor de El obsceno pájaro de la noche. Me había sentido protegido por las enseñanzas recibidas del novelista. Quizás me equivoqué al alejarme de aquella mujer, pero la sospecha me llevó a huir de sus tenazas. Con el tiempo –aunque la extrañaba– supe que no me había equivocado y secretamente di gracias al iluminado autor. Un ejemplo de una enseñanza, si es que la literatura enseña y si con la decisión tomada, me equivoqué, no debería culpar a la novela leída, sino asumir la decisión tomada en el momento en que los hechos estaban sucediendo y un hecho, era también la lectura de la novela.
Otras enseñanzas de la literatura en “el oficio de vivir” como lo llamó Pavese, han sido las que me dieron información sobre el mar, por ejemplo, que siempre fue para mí un misterio y una pasión mía mezclada con el miedo por ahogarme, que estaba latente en mi vida. O lo que creo haber aprendido de las aventuras humanas en las que vi de cerca personajes literarios que se enfrentaban a los cruentos avatares del mundo y vencían el destino que debían vencer como los héroes que estuvieron destinados a ser.
Pero también debemos reconocer, que así como la lectura nos guía hacia “el bien”, también nos mueve a equivocarnos y a hacernos decidir el camino errado o llevarnos a caer en un abismo que no comprendemos y nos arrastra como a las reses al matadero, aunque también la literatura nos entrega la posibilidad para entender que aquel error del que fuimos víctimas de peso completo, estaba en el camino exacto para el fracaso completo. No quiero decir con todo esto, que la literatura me haya servido de manual o de guía para vivir, como llegan a pensar los que leen los tristes libros de superación personal. Veo los personajes de Dante sufrir en el Inferno de la Comedia y mi razonamiento inmediato es totalmente moral y precautoriamente traigo aquellas palabras a mi vida y ruego al cielo porque no sea yo alguno de aquellos a los que su propia vida castiga.
Muchas veces la literatura me entregó caminos negros por los que caminé y me fui a las barrancas de la soledad, pero también esa es la verdad en la que quise creer y en nada me arrepiento, porque para mí la literatura, siempre fue una verdad más en la que quise creer, más por elección terrenal que por creencia semejante a la fe religiosa y así creo en la sabiduría de los versos de Hitomaro o en los poemas de Wang Wei. Y de ese mismo modo, creo en las historias de Shakespeare y Cervantes y si en ellas he encontrado enseñanzas, lo agradezco.
Hoy en mi realidad actual, no me arrepiento de seguir siendo lector y creyente en la sabiduría mundana que encontré en las obras de arte, o en los hondos razonamientos que disfruto en los ensayos de Harold Bloom, Borges o Bauman.
¿Y cómo saber si hubiera sido feliz con aquella mujer que se parecía tanto a la Marquesita de Loria que me enseñó José Donoso en su novela? Ya no puedo arrepentirme porque la ecuación amorosa salió matemáticamente mal en mi corazón y escapé de la felicidad o la desgracia sin haberlo comprobado, pero escapé, como se escapa el cobarde ante lo que cree que pudo destruirlo y huye sin preguntar más. Y aunque también fui feliz en la soledad de aquella escapada donde estaba seguro que el amor me haría pedazos, supe que la presencia del personaje que había visto en aquella novela, me alertaba a escapar de la mujer que superó mis sueños y sobrepuso un mundo en el que yo no cabía y no tuve más remedio que marcharme. Y si debo reconocer alguna enseñanza de lo que he leído hasta hoy, es que aprendí muy bien a no arrepentirme de la verdad.
