Figuraciones Mías
Por: Neftalí Coria / @neftalicoria
Leo un libro Hambre y seda de Herta Müller con la paciencia y la calma que merece un libro de pensamiento e ideas. Apenas lo comienzo y me resulta imposible desprenderme de las lecturas de la autora rumana que hice con anterioridad. Imposible quitarme esa voz lenta y de frases certeras y en seco, que encuentro en sus novelas y relatos, como en esa obra maestra que es El hombre es un gran faisán en el mundo, o la transparencia del libro de relatos En tierras bajas, que lo hemos comparado con la escritura de Rulfo.
Hambre y seda no es una lectura fácil, pero es clara en la denuncia de las atrocidades, por demás conocidas que protagonizaron la fatalidad de esa región del mundo. Herta Müller es de una generación que nació en la postguerra y que su infancia –como otros escritores de su región– estuvo marcada por los remanentes de la segunda guerra. Su padre era camionero y fue forzado a ser un nazi que sirvió a la Waffen-SS y su madre fue deportada a la Unión soviética, en donde permaneció cinco años en un Gulag haciendo trabajos de reconstrucción, cosa común de muchos de aquellos Suabos del Danubio en tierras rumanas, que tuvieron los mismos destinos.
En sus novelas, la escritora narra sucesos que mucho tienen que ver con la vida de sus padres y la devastación emocional con la que se quedaron. Ellos no hablaban de aquella experiencia y Herta creció rodeada de mucho silencio, pero sí con mucha curiosidad sobre la vida de sus padres durante la guerra. Ellos –según lo ha dicho la escritora–, poco hablaban de las experiencias vividas durante la guerra y ella tuvo que interpretar, no sólo su silencio, sino encontrar en ellos las historias que su padre y su madre vivieron. No en vano, en el discurso de la recepción del Premio Nobel en 2009, dijo que su “escritura empezó en el silencio” y es conocido que su primer trabajo –después de estudiar Filología germánica y rumana en la Universidad del Oeste de Timișoara–, su trabajo de traductora de una fábrica le trazaría el destino en la escritura. Allí comenzó su aventura que le haría ganar la vigilancia de la Securitate de la Policía comunista rumana, como también lo refiere en su magnifico discurso del Premio Nobel.
Su obra marcada por la persecución de la dictadura de Nicolai Ceaușescu, y sobre la que abunda y critica con ferocidad, como sucede en La piel del zorro, donde de manera muy parecida se narra la historia de esa persecución de una dictadura que raya en los modos ridículos y crueles de gobernar un pueblo que jamás han comprendido, si no es para saquearlo, mancillarlo, pisotearlo y ejercer un poderío a caprichos y bajo la pérdida total de sensatez, como ocurrió en Rumania con el monstruo Ceaușecu, que “cuando visitaba una ciudad a finales del verano, a las primeras hojas de los tilos, les daban una mano de pintura verde.” Y lo que es verdaderamente fársico y totalmente absurdo como si asistiéramos a una mala escena ionesqueana, cuando llevaban a Ceaușescu al campo, en coche o en avión, en alguna de sus incontables visitas a los trabajadores, los campesinos tenían que tomarse el arduo trabajo de cortar las amapolas silvestres de los campos de trigo”, pues aquel hombre, se ponía nervioso con tales flores. Y al igual, sucedía con las vacas en otra escena del autor de La cantante calva, Ceaușescu en sus típicas visitas al campo rumano en en las que sin duda debía haber fotos para la prensa, lavaban con detergente a las vacas que el señor vería y si lucían escuálidas, las apartaban. Esta escena fue famosa porque a donde iba el dictador, llevaban las mismas y más rollizas vacas que formaron parte de un pequeño rebaño viajero que dieron en llamar “vacas presidenciales”.
En este libro que por fin ahora avanzo en su lectura, aparecen conferencias, discursos de esta autora que he leído con frecuencia y que me estruja, pero sobre todo me hace pensar que la memoria en la escritura debe ser el mayor cenital que corra iluminando las página que se escriben. Como en Rumanía y gracias a Herta Müller, en México no se deberían olvidar que los asesinos, los ladrones y los que pisotearon al pueblo en nombre de la invisible democracia, siguen allí, con el sombrero puesto y saltando de partido en partido, de bandera en bandera, de negocio en negocio, como si el erario público, fuera su casa y siempre estuviera de puertas abiertas para ellos y sus descendientes, como lo vemos, gobierne quien gobierne.
En este libro, se ve y está claro, lo que la escritura puede nombrar del mundo y lo que puede denunciar con mayúsculas, lo que los devastadores desde el poder fueron dejando como historia de su infamia, porque –refiriéndose al dictador y su esposa Elena– “lo que ellos trastornaron y mutilaron sigue vivo”. Un dictador que prohibió la navidad al pueblo, para él celebrarla en privado, no puede quedar “su obra” en el silencio. Y Herta Müller se encarga de que así no sea, reflexionando sobre esa parte de la historia de la que ella fue víctima y sobreviviente, porque la historia, la verdadera historia, coloca a cada cual en su sitio.
En este libro puede verse con propiedad, como fue que ocurrió ese gajo de la historia rumana tan parecida a una pesadilla. Y la obra de una de las escritoras más dotadas que he leído en lo que a denuncia se refiere, muestra la poética de la injusta vida de un pueblo que fue trastornado por un poder enfermo. Y yo no puedo dejar de pensar en la injusticia que en mi país sigue campeando como si fuera un estado natural y como si la pobreza fuera parte de una fingida naturaleza al servicio del poder, igual a las vacas lavadas con detergente allá frente a los ojos de Nicolai Ceaușescu.
