(Primera parte)

 

Fulgor de las letras

Del poro abierto

En desvarío

Paul Celan

Por: Aldo Báez 

 

Dos lobos en el llano

Juan Rulfo devoró todos los llanos de provincia, el canon de su escritura obligó a los pueblos a parecerse a la literatura. Les brindó una atmósfera lista a colgarse de una exposición sobre rasgos anímicos de los llanos. Rulfo guardado entre escasas y perfectas letras inventó la imagen de los derroteros literarios. Sin embargo, las leyendas narran que el creador Comala tuvo un rival en Zapotlán, no en amores sino en destreza y perfección. Su nombre sencillo y claro: Juan José Arreola. Ambos dieron un nuevo color a la literatura nacional. Ambos cuidaron con esmero su producción, no amaban los impresos, sino su perfección. Como Ernesto Sábato o Stendhal son autores de una obra breve e impresionante.

Ampliaron la resonancia de su voz a través de una colección igual de discreta e importante, proveniente de algunos lugares del otro lado del mar. Lo nacional en ellos fue una aproximación, como una forma de abolir las innecesarias fronteras de la literatura. Existen demasiadas fronteras y muy pocas obras literarias. Aproximación, llamó Arreola a sus traducciones de poetas de la prosa europea. Paul Claudel, Otto Weininger, Franz Kafka, John Donne, Paul Morand, Marcel Schwob, si no los mejores escritores, sí los exquisitos de Europa, la insular y la continental, deambulan sin complejos entre los páramos jaliscienses. No oyes aullar los lobos.

Un fenómeno curioso aunque no único, fue el suscitado entre ambos escritores de Jalisco: nombrar todo alrededor de Rulfo. Se recuerda que en tierras hispánicas, en el terreno de la plástica, no se podía enunciar a Dalí sin que se evocará de inmediato el de Picasso. Tal vez por la relación o por las coincidencias del destino, el nombrar a Arreola –como aquí mismo sucede, aun en su homenaje-- conjuga de inmediato el de Rulfo. Se suponen algunas razones. La primera no tiene lógica: su lugar de origen. La segunda, es un rumor: el supuesto enfrentamiento por el liderazgo de la literatura. Los rumores son encantadores y ambos junto a su paisano Yáñez, son maestros. Otra razón es una sinrazón y sólo obliga a pensar que jamás han leído a Arreola. La realidad es que ambos son maravillosos, diferentes y los auténticos lobos de la literatura nacional.

Después del grupo Contemporáneos en los años veinte, con Villaurrutia, Cuesta y Novo al frente, la literatura mexicana abrió los cauces de una propuesta nueva. La discusión y el enfrentamiento revalorizaban lo existente, lo real y lo simulado. La denuncia al chovinismo literario tenía por lo menos dos causas: la ausencia de un verdadero patrono literario, pues en su lugar, sólo podría estar sor Juana Inés de la Cruz y el mito que la envolvía; Juan Ruiz de Alarcón y su dilema por la mexicanidad, ampliamente superado por sus excelentes comedias y la potente sonoridad provinciana de López Velarde. Una antología que vale lo que cuesta (1928), se puede considerar en parte-aguas entre la literatura, sin mayor ánimo que algún acierto literario y el nacimiento de una conciencia literaria en nuestro país. Quizá Jorge Cuesta y compañía se equivocaron, pero sin eufemismo, después ya nada fue igual. Arreola es un magnífico ejemplo al respecto.

Los murmullos de las callejuelas se disolvieron entre los llanos, cementerios y tierras de labor. Los murmullos ajenos al ruido de las capitales provocaron guerras lapidarias con crucifijos entre los dientes. Dos lobos vigilaban la lengua y los rumores.

Los rumores y murmullos caminaban al filo de las aceras, más que palabras el cuerpo y contexturas de éstas, eran plétoras literarias o simplemente rezos. No es peligroso afirmar que fue en el occidente del país donde los sonidos de la plática, el silencio y los rumores entre voces fundaron la provincia.

El progreso, como creencia desde el siglo XVI, vivía entre ciudades, la civilización ajena a rumores se instaló en el campo, en los pueblos. La evocación de Comala o Zapotlán eran reales, pero también existía la de Mixcoac. En cierta manera, la obra de Rulfo y Arreola fueron la literatura incluso por encima de sus derroteros. El cenit dilató su presencia, el sol continuó su destino hacia el Occidente.

Después de Varia invención (1949), Arreola no sólo aparece dentro de las letras nacionales, sino que devela la falsa efigie que continuará con esa tradición tan socorrida aunque no de semejantes frutos, como lo eran todas las obras provenientes del campo y la revolución. El movimiento que instauró desde su primera obra Arreola, quizá es una de las primeras señas de insubordinación ante la imagen de lo nacional.

Su acercamiento en La feria (1963) a la fiesta nacional, en absoluto, es un intento de escudriñar la naturaleza de lo mexicano, en Arreola, es la preocupación estética por encontrar la voz del arte entre los campos, sean de Jalisco o de donde fuera. Fue de los primeros en poner en práctica los enunciados del maestro Reyes, cuando decía que lo importante de la literatura mexicana era crear literatura, antes que mexicana. Las fronteras del arte verdadero no están en las limítrofes nacionales, ni en el tiempo radica en la multiplicidad de contextual que la obra soporta.

La realidad es que desde su primera obra, el sino de Arreola abandonaría a paso firme esa senda encariñada en ser un espejo de los espejos culturales de la Revolución. A diferencia de Agustín Yáñez, Mauricio Magdaleno, Martín Luis Guzmán o Mariano Azuela que mostraron su interés por las evocaciones históricas y revolucionarias, campiranas o de las calles pueblerinas, su preocupación por las letras internacionales, no tuvo eco en sus obras, en Arreola la estética no distrajo su atención en tradiciones sino en obras sin importarle la nacionalidad.

En el caso del autor de Varia invención, si acaso se percibe algún eco débil de Benito Galdós o Leopoldo Alas Clarín y en general la creación ibérica, nunca encontraron la misma resonancia que otras creaciones occidentales, sobre todo europeas, pues, Arreola gustó de líneas más selectas de la tradición, aunque, siempre poseyó la onza de originalidad. Su prosa prefirió las aristas perfectas y el carácter gracioso y contundente de Baltazar Gracián. Si bueno y breve, dos veces bueno. Su vena proviene de aquella sentencia claudeliana, no es Homero quien creó la Ilíada sino ésta fue quien creó a Homero. Así no es Arreola quien creó su obra sino ésta la que lo creó. Su prosa, incluso en aquellos momentos que supera a lo que quiere contar siempre, es impecable.

La feria, canturrea entre ecos del perfil corrupto moralino y el ánimo popular por festejar a su santo Patrón, pero la mirada que deposita Arreola sobre su pueblo, no es de la manera costumbrista, como se acostumbraba en las letras nacionales. Un acento fragmentario y de manufactura artesanal es depositado en cada imagen que antecede al festejo, más que una mezcla, es un palimpsesto arquitectónicamente dispuesto, donde las confesiones de un protagonista y ecos de un historiador de bella prosa, entrelazan su historia, a través de los lamentos, quejas y preparativos de la celebración del santo Patrono de ese pueblo que “de tan grande convirtieron en ciudad hace más de 100 años” como señala el autor en una entrevista. En la pluma de Arreola, las actividades previas al festejo y la propia vida del pueblo son vistas a través de una psicología, más que sociológica, como una concepción donde las actitudes, comportamientos anímicos se funden en cuidada prosa. En una narración donde la armonía estética subsume y consume cada uno de los rincones y acontecimientos, cada ambición y frustración del ser colectivo e individual de alguien que conoce como pocos la vida campestre y los artificios de la prosa. La feria representa, por un lado, la cotidianeidad moral previos a la fiesta de un pueblo, que sin ser otro que Zapotlán (ahora Ciudad Guzmán), ilustra a cualquier otro pueblo; y por otro, la conjunción y armonía de la mejor prosa no de Arreola sino de la literatura nacional.

La feria es, además, una confesión, no tanto de la religiosa que, por cierto, es graciosa sino del encanto y desencanto que anuncia cualquier narración preocupada por la fuente de la naturaleza. Para Arreola, su aprehensión de cierto aliento de mediocridad y corrupción, rompe con el idilio evocado por los autores nacionalistas que mostraron sólo lo romántico que significa habitar un pueblo, el festejo sano y la convivencia moralina, el antípoda de la situación citadina, entre otras. Por ejemplo, el Ateneo Tzaplutatena, el círculo literario adquiere matices propios del Atenas de Jalisco. Alejandrina o el historiador que los visitan se reciben en el grupo como una actitud de festejo o repudio, según se aleje o acerque a la verdad de todos: la armonía, la claridad y la esencia están reñidas con la concepción artística de los parroquianos de San José. Arreola lo enuncia no como sentencia o resolución, su manera es más bien la del testigo de cargo.

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