Diario de Viaje

Por: Pablo Íñigo Argüelles / @piaa11

 Llueve.

Desde hace catorce horas. ¿El apodo de esta ciudad no será la Ciudad de las Tormentas?

Nos refugiamos en un bar; es alemán, creo. El ruido de la concurrencia nos hace gritar. Nadie baja de sesenta. Se llama Berghoff y parece que siempre aquí siempre es oktoberfest. Pedimos cerveza y un pretzel gigante. La mesera está disfrazada de teutona y sonríe, sonríe mucho, porque ella no está empapada. Se acerca y nos informa que el show está a punto de empezar. Luego entendemos que más que un aviso, es una advertencia: el show al que se refiere consiste en un viejo de cara rosada con overol y sombrero verde, que sostiene orgulloso un acordeón y se sienta en nuestra mesa.

A la cuenta de cuatro, empieza.

Los de la mesa de junto, que llevan gritando desde que entramos, se emocionan. Gritan más. Nos salpican cerveza.

De pronto la puerta del lugar se abre y una ráfaga de aire entra violentamente y hace volar las servilletas de las mesas por todas partes. Afuera cae una tormenta bíblica. El que abrió la puerta, un señor de traje, lucha contra el viento y la puerta. Logra entrar hecho una sopa y con el paraguas invertido. La puerta se cierra y el silencio se hace en el lugar.

 

Sea por eso la Ciudad de los Vientos.

 

***

 

El Millenium Park debería llamarse Millennial Park.

En torno al frijol o habichuela (según la nacionalidad de quien lo diga) de Anish Kapoor, se congregan durante todo el día cientos de personas. Pero más Millennials, que ven en la enorme escultura de color mercurio el santo grial de sus cuentas de Instagram. ¿Cuántas fotos sacarán?, ¿trescientas? Compiten entre ellos, se amontonan y se atraviesan en la foto ajena. Encuentran las poses más ridículas para captar la toma más original. Un grupo de niñas como de 18 años con sudaderas de una universidad de Texas, se hacen selfies y todas tienen smartphones con fundas enormes y espantosas. Luego deciden hacer una pirámide frente a la escultura para que la que esté en la punta haga la foto.

Son del equipo de porristas, evidentemente.

Pierden el equilibrio y terminan cayendo de una en una. La foto nunca se logró.

 

 

Lo mejor de este parque es que aquí encuentran su refugio las Mariposas Monarca que van en su camino a Canadá. Hay pocos que las ven, el frijol roba toda la atención. De cualquier forma es curioso verlas aquí, revoloteando de árbol en árbol: se refuerza esa teoría de que el mundo es un pañuelo.

 

***

 

No es usual leer los nombres James Brown y Frank Sinatra en la misma frase; aun cuando el primero era un gran admirador del segundo, salvo la nacionalidad, nada comparten. El primero pertenece a una generación de músicos que fue repudiada en un principio por la del segundo; el primero es el rey del funk, el segundo es el rey de los crooners.        El primero era negro, el segundo, italiano. El primero nació un día caluroso de mayo en el sur, mientras el segundo, nació en la industrial Nueva Jersey en medio de un diciembre helado.

Pero el primero era en verdad fanático del segundo, tanto que decidió, en 1969, hacer un disco con puras canciones de él. Y tal vez, solo tal vez y con el riesgo que implica hacer esta afirmación, las versiones del primero son mucho mejores que las del primero.

Brown se juntó al Dee Felice Trio y juntos hicieron versiones de las clásicas de Sinatra con más blues, con más soul y, sobre todo, con mucho más suciedad. Entre esas versiones que hizo, está el himno de esta ciudad: Chicago.

Chicago!, Chicago!, that toddlin’ town, Chicago, Chicago, I’ll show you around!. Brown lo grita, lo afirma.

 

***

Cuando salimos del bar alemán, ya que la lluvia ha parado, caminamos por State Street y pienso que tal vez ya esta ciudad tenga más relación con la versión de James Brown que la que un día tuvo con la de Frank Sinatra.

Nuestra percepción global de un lugar va de acuerdo al clima de la primera vez que nos encontramos con él. En mi caso, me dedicaré a decir por el resto de mis días que en Chicago llueve, llueve y llueve siempre.

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