Diario de Viaje
Por: Pablo Íñigo Argüelles / @piaa11
Existe un gran dilema con esas taquerías que son muy limpias. Éstas por lo regular se establecen en locales bien iluminados y atractivamente decorados, dentro de algún mall o en las áreas nice de la ciudad. Por nombre usualmente llevan uno terrible como Mr. Pastor o SuperTako y la carne que ofrecen suele estar -en el caso de los de al pastor- impecablemente teñida con rojizos radioactivos; en el caso de los de asada, se venden muchas veces bajo el título nobiliario de sirloin-prime rib-angus, lo que eleva considerablemente su precio y disminuye las posibilidades de zamparse más de una orden.
El dilema reside en lo siguiente: sí, es cierto, un taco es un taco y uno como buen mexicano está imposibilitado de ponerle cualquier excusa al padre no oficial de los platillos nacionales. Pero también es cierto: un taco sin sudor ni cochambre es un taco sin gracia. Asunto cerrado.
Algo así sucede con Chicago. Es hermosa, perfecta, la arquitectura de sus edificios es soberbia, pero es que es exageradamente limpia. Demasiado limpia. Sospechosamente limpia. Incluso en días nublados en que todo suele tener el blues, las calles de la ciudad más importante del midwest brillan por su pulcritud. Está bien, son un gran ejemplo para el mundo y ya podríamos aprenderle algo (véase la 8 poniente los lunes por la mañana) pero de verdad es muy limpia, y así no se puede. Igualito que los tacos sin mugre: Chicago no sabe.
Sí, digan lo que quieran, pero una rata de vez en cuando se extraña, y un basurero desbordado en la Magnificent Mile podría aportar espontaneidad a la escena.
Pero quizá estoy viendo todo con ojos neoyorquinos.
Chicago es una ciudad riquísima en cuanto a arquitectura se refiere. Ya lo dije, pero no importa decirlo de nuevo, es que no hay desperdicio. Un momento estamos ante lo más elegante del art decó y al doblar una esquina nos encontramos con un edificio de hierro verde que expone lo mejor del art nouveau. Luego nos topamos con el teatro Chicago y sus viejas glorias e incluso, al encontrarnos con las vías elevadas del metro, les podemos encontrar cierta estética.
Hay también puentes de evocaciones francesas, otros de hierro ocre, pero las joyas, sin lugar a duda, son el edificio Wrigley y la torre Tribune. Esta última, de estilo neogótico, contiene en su fachada pedazos de edificios antiguos que el General Robert McCormick, cuando tomó el control del Chicago Tribune en la década de los veinte, encargó a sus corresponsales al rededor del mundo para incluirlas en la construcción de la nueva torre que alojaría al periódico. Lo mismo trajeron piedras de la pirámide de Giza como piezas perdidas del Partenón.
Pero no todo es perfecto, algo arruina el paisaje: una torre enorme que llama la atención por grotesca y que rompe sin piedad la línea armoniosa de los edificios aledaños que conforman el skyline. Pareciera que el que la hizo -o la mando a hacer- pagó porque estuviera fea. ¿Así está bien señor? No, más grande. ¿Así? No. Más grande, mucho más grande, mucho más fea. No se quién sea, pero sé que es un imbécil.
Me voy acercando a dicha torre calle con calle, y conforme la perspectiva me lo permite, doy cuenta de que el que la hizo mandó también poner su nombre para que no cupiera duda de quién era el dueño de semejante esperpento. Con letras de cinco pisos de altura, el nombre del imbécil se distingue a cinco calles: TRUMP.
***
Es martes y once. Es septiembre. Estoy en la que un día fuera llamada Sears Tower. 527 metros del piso hasta la punta. Hoy es la torre Willis porque el nuevo dueño condicionó el arrendamiento de la mayoría de los pisos con tener el derecho de nombrarla como se le diera la gana. El día viene al caso porque, según tengo entendido, esta torre se incluía en el plan original de Al Qaeda que fue llevado a cabo este mismo día hace diecisiete años, y que terminó con lo que ya sabemos todos.
La torre, por dentro, está en franca decadencia, lo que un día significó, se ha desvanecido: opulencia, liderazgo y capital. Estoy seguro que las Torres Gemelas, lucirían igualmente deterioradas si su destino no hubiera sido la destrucción.
Seguiré contando.
