Figuraciones Mías
Por: Neftalí Coria / @neftalicoria
Cuando Don Quijote regaña a Sancho por su insistente recurrencia a los refranes, Sancho no entiende aquella reprendida, pero sí le entristece. De lo que El caballero de la triste figura, no se da cuenta, es que Sancho quiere ser como él y disertar con aquella sabiduría que lo mantiene arrobado durante todas sus aventuras acompañando a tan noble caballero. Sancho lo imita, pero como Don quijote le señala que su condición y capacidad de reflexión, así como su comprensión filosófica, solo puede llegar –por muy alto– más que al refrán. Y es que Sancho es la precisa figura del pueblo que no piensa más allá, pero nunca pierde su afán de ser un conocedor del mundo como Don Quijote, su amo. Y es que ahora que refiero a la novela de Cervantes de la que soy lector constante, pienso en nuestro tiempo, en el que el Sanchismo, está propagado por las redes sociales y la fiebre por las “frases célebres”, por los consejos “científicos” y las recetas para vivir que brillan en los muros del Feizbuc como adornos presuntuosos.
Los tiempos cambian y no precisamente para mejorar, aunque en ese espejismo las generaciones así lo crean. Una generación desdeña a la otra que fue rudimentaria y aquella menosprecia lo moderno de esta que cree tener la verdad. Nadie está en razón completamente, pero ahora que ese espíritu de perfección en el que las redes sociales y los avances tecnológicos nos tienen atrapados, yo advierto una afición extrema, por dedicarse a aprender a vivir –como Sancho con los refranes–, lanzando “frases célebres” hacia todos lados y venidas de todas partes. Pobre Einsten, Cervantes, Shakespeare, y pobres sabios orientales que cualquiera los cita, como si fueran spots o slogan de una marca de zapatos. Y no está mal que se conozcan frases que llaman “célebres”, lo que no vale la pena es que se desconozca su contexto, su origen y por supuesto a su autor. Hace poco le pregunté a una persona que colocó una frase de Eduardo Galeano en su muro, si le gustaba el autor de Las venas abiertas de América Latina y con ojos de asombro me respondió que no y tampoco se dio cuenta el porqué de mi pregunta. Le dije que había leído una cita del uruguayo en su muro de Feizbuc y tampoco atinaba a recordar cuál cita.
–Me gusta mucho poner frases que digan algo –por fin me dijo sin dar ni con la frase ni con el autor– y seguido las pongo en mi muro.
No abundé más sobre el asunto y me di cuenta que no recordaba la frase, mucho menos sabía quién era Eduardo Galeano, ni sabía de sus libros, ni su presencia en el pensamiento latinoamericano. Para rematar me dijo que a él le gustaba mucho poner frases en su muro como “algo de cultura que nunca cae mal”. ¿Qué de bueno tiene entonces, poner una frase que hable de un pensamiento profundo, si con la misma facilidad con la que la colocaron la van a olvidar? La sabiduría no es un vestido fino que se luzca en ninguna pasarela.
Lo que sucede es que también se convierten en frases que viven en las conversaciones como adornos florales en los muros de las redes sociales para no decir nada, para presuntuosamente jugar a ser cultos y completar el cuadro de la apariencia perfecta ante los que han de mirar. Y es precisamente lo que me parece inquietante; esa sabiduría escasa y que aparece como si fuera cierta. Innumerables muros del Feizboc exhiben lo sano que se come y sobre todo lo costoso que es aquel platillo en la mesa perfecta, pero nadie coloca una foto de un plato de frijoles y unas tortillas de los pobres de México, que somos muchos, sino es para burlarse o hacer un meme. Abundan la exhibición de aquellos que saben como educar a los hijos y como ir por la vida con la apariencia de ser padres perfectos, ciudadano lindos y personas ejemplares. Imbuidos hoy en la sabiduría cool, y ante la falsedad y el facilísimo, muchos creen –como Sancho– tener un conocimiento amplio y suficiente para enfrentar la vida, que por cierto no es fácil en la realidad. Y aquí lo delicado de esa banalidad, es que se va construyendo una mentalidad con esos modelos que el tiempo ha creado en nombre también del comercio humano. Hoy los más jóvenes e inexpertos, se reconocen en la ficticia perfección feizbuquera sin comprender que no hay mejor sitio para mentir que el Feizbuc. Y esa manera de aparentar que son felices y sonrientes en la vida, se va al aire del olvido y la frustración es un fantasma plenamente alimentado que no los abandonará nunca.
Pienso en estas situaciones de “perfección” con las que se aparenta vivir, en las tantas y tantas recetas para vivir mejor, para ser brillantes estrellas en firmamentos falsos, para ser sabios a la manera de Sancho, que a la postre, puede ser que la mentalidad del mentís, sea la que construya el futuro y en esas formas de vivir en las que se cree –como Sancho– en ser sabios y además hermosos, se cifren nuevos valores de la vida. Hoy parece que nada es profundo, ni amplio, y más bien se aparenta que todo es fácil y posible. Ser un triunfador, salir adelante de no sé qué competencia, poseer objetos para comunicarse con el mundo y ser bonitos, sabios y políticamente correctos, es suficiente para ser los ciudadanos perfectos, pero no es cierto, la verdad es que esta nueva manera de vivir, ya no recurre al conocimiento verdadero, al análisis serio que necesita muchas más herramientas de observación que la superflua información a la que nos acostumbraron los medios que el poder maneja a dos manos.
La cultura libresca –que es la que vivía El Quijote– sigue lejos y cada vez parece imposible. Cada vez más –como Sancho– nos quedaremos en el conocimiento fragmentado y volátil que crece como el fuego en una explosión.
