La mañana del viernes 4 de octubre fue el momento más complejo en el rectorado de Esparza Ortiz; en medio de la ausencia de la clase política estatal, Beatriz Gutiérrez Müller refulgió.

Por: Mario Galeana

Este informe pudo ser algo que el resto no. Pudo ser el antes y el después. Pudo ser Historia. El momento en el que dos poderes se declaran la guerra. La escena misma en la que un rector avanza desafiante hasta un gobernador. El quiebre político del que hace décadas nadie es testigo.

Pero Alfonso Esparza Ortiz es, además de cauto, un hombre de pocas palabras. Y dos líneas le bastaron para responder al momento más complejo en sus seis años como rector de la BUAP.

“Es obligado hablar de Lobos. Que quede claro: de las denuncias personales yo me encargo; así lo asumí y por eso estoy aquí. Eso sí, de la defensa de nuestro patrimonio nos encargamos todos juntos”, dijo.

Y de aquella respuesta fue testigo la académica Beatriz Gutiérrez Müller, quien yacía en la primera fila del auditorio del Complejo Cultural Universitario (CCU). El de la política es un mundo de símbolos: ¿Qué representa la presencia de la esposa de López Obrador en el informe del rector? ¿Qué otra cosa representa la ausencia de la clase política que gobierna el estado, de los hombres y mujeres que rodean al gobernador Miguel Barbosa Huerta?

Lo dicho: aquella mañana, la del viernes 4 de octubre, era el momento más complejo en el rectorado de Esparza Ortiz.

Pero, contra los pronósticos, el rector optó por no tensar más su relación con el gobierno del estado, al que acaso sólo le reprochó indirectamente la violencia y la inseguridad que, de acuerdo con sus propias estimaciones, afecta a tres estudiantes al día.

No hubo interpelación directa a Barbosa, el gobernador. Tampoco una explicación sobre el origen de la denuncia por el presunto desvío de 460 millones de pesos destinados al equipo de futbol Lobos. No hubo ningún llamado a la no injerencia del gobierno frente a la vida universitaria, algo que era tan posible si se considera que, sólo dos días antes, durante la marcha universitaria en conmemoración por el 2 de Octubre, Esparza había clamado la no intervención de “agentes externos” en la BUAP.

Lo que hubo fue un silencio. Un silencio escudado en nueve grandes letras blancas proyectadas por unos minutos a la espalda del rector: “AUTONOMÍA”. Luego: “CONOCIMIENTO”. Y así, sucesivamente, una palabra tras otra.

Desde hace varios años, el rector rompió con la concepción tradicional de los informes. En su discurso no hay cifras, comparativos, estadísticas, números negros. Hay una proclama, una arenga. Durante el viernes, hubo varias de ellas: la no violencia contra las mujeres, el respaldo a la educación pública y la hora cero del planeta: el momento en el que los polos se derriten, los pulmones se extinguen entre las brasas de un incendio… y la posibilidad de revertirlo. Quizá, una metáfora del camino del rector.

Esparza también dijo que apoyar la educación pública “no es una cuestión política”, y llamó a formar un frente universitario a los otros rectores de las instituciones públicas y privadas en el estado. “Unámonos también las universidades. Hagamos un frente común contra la inseguridad”, dijo.

El gobierno local no reparó en confirmar el desaguisado que atraviesa su relación con el rector de la universidad pública más importante del estado. No hubo un solo representante de la administración de Barbosa, y los lugares reservados para políticos fueron ocupados por las alcaldesas de Puebla y Tecamachalco, los alcaldes de Tepanco de López y Tepeaca, el arzobispo y algunos diputados locales.

Pero en medio de aquella ausencia, el nombre de Beatriz Gutiérrez Müller refulgió con mayor intensidad. El mismo Esparza le dio una mención especial al final de su informe y permanecieron juntos hasta que ella abordó una Suburban negra a un costado del auditorio.

Una fotografía resume, a la mañana siguiente, el informe: ambos, Beatriz y Alfonso, sonriendo con los brazos en alto hacia las cámaras.