Por: Mario Galeana

La primera mujer de izquierda que gobierna la capital se dice en medio de una guerra: la guerra por el control del poder. Y en medio de esa guerra se proclama vencedora. Lo dice con aquel ánimo triunfalista que impregna cada informe de labores, aun cuando otros —algunos dirían que demasiados— ven rotundas señales del fracaso.

Aquella guerra por el poder se libra en el corazón del Cabildo, que a lo largo de 12 meses ha trastabillado lo suficiente como para obligar a Claudia Rivera a ejercer su voto —el último recurso posible para una alcaldesa— con tal de conseguir la aprobación de sus estados financieros.

En su primer informe de labores, la presidenta municipal más joven de Puebla desvela también los engranes del ejercicio mismo del poder y los susurros de dos grupos que la han acompañado a lo largo de estos primeros 365 días: los de aquellos a los que nombra los gatopardistas y los pesimistas.

Los primeros, dice, le han recomendado hacer “operación política” en el Cabildo, un lugar común para aquello que en el círculo rojo se consideran acuerdos, negociaciones, estratagemas y sometimiento, sobre todo sometimiento. Los otros, dice, le han sugerido “de buena fe” repartir prebendas y favores entre los regidores.

“Ni a los primeros ni a los segundos hemos escuchado. A unos porque su consejo busca la reinstauración del régimen del cual siempre se han beneficiado; a los segundos, porque su pesimismo no cabe en nuestra lucha medular, que es la revolución de las conciencias y la transformación de la realidad”, arenga.

Y lo hace no una sino dos veces, porque su primer informe consiste en dos actos: uno en el Cabildo mismo, y otro en el Teatro de la Ciudad. El primero está revestido de una expectativa distinta, porque acude el gobernador Miguel Barbosa, que un día antes ha dado al presidente municipal de Tehuacán una de las peores humillaciones públicas al cuestionar prácticamente todo su mandato.

Cuando el gobernador saluda por primera vez a la presidenta municipal aquella expectativa crece, porque resulta evidente la tensión de aquel encuentro. Más tarde, ya iniciada la sesión del Cabildo, Barbosa voltea pocas veces a ver a Rivera mientras ella lee de una hoja el discurso en el que advierte sobre la guerra del Cabildo. El gobernador juega con los dedos sobre la mesa o hunde la vista en cualquier lugar distinto a la presidenta municipal.

No obstante del triunfo que proclama para sí, Rivera asegura que si su gobierno ha tenido errores, estos han estado revestidos de un carácter técnico, pero no ético. Y lo dice muy oronda: “¡Jamás me lo perdonaría!”. En aquel gesto, Rivera desvela posiblemente el primer año de su gobierno: un año lleno de errores, pero de buena voluntad.

A su largo discurso en el Cabildo le sucede la contestación de los regidores del PAN, PRI y Morena. Para los primeros dos el año ha sido perdido y el panorama de los siguientes dos años es aún peor. Para el tercero, la cosa va más o menos. Entre las causas que la oposición enlista se menciona de manera recurrente la falta de obra pública, el subejercicio de recursos y la inexperiencia de Rivera.

Cuando toca el turno del gobernador, los reporteros en la sala de prensa se aproximan a la televisión desde la cual observan la transmisión del informe: todos esperan que de aquel discurso salgan chispas, y Barbosa cumple. El primer coscorrón llega cuando reclama el por qué Rivera no ha hecho públicos todos los actos de corrupción de sus antecesores; el segundo, cuando le acusa de llenar el Ayuntamiento con políticos vinculados al PRI y al PAN; el tercero es, quizá, la despedida entre ambos: un breve apretón de manos antes de que él se dé la vuelta y ordene a todo su equipo una rápida retirada.

La alcaldesa sale con él pero no llegan juntos a la salida del Palacio Municipal. Al frente del inmueble, Rivera descubre que una treintena de personas se manifiesta en su contra. Lo han hecho a lo largo de toda la sesión. Ella voltea de refilón hacia la muchedumbre sin detener su paso y con la mirada inquiere a uno de los ocho tipos que la acompañan. “Son sólo 25 personas”, le suelta. Y ella asiente y sigue su marcha.

Un par de horas más tarde aparece al centro del Teatro de la Ciudad, en un informe lleno de gestos histriónicos, con el podio a media luz y ella manoteando cuando su discurso así lo merita o extendiendo los brazos cuando así lo indica. Son las mismas palabras que pronunció en el Cabildo y, a pesar de todo —de los reclamos de la oposición, del regaño del gobernador—, proclama una vez más su victoria por el control del poder.

“Mi compromiso sigue intacto. Seguiré defendiendo el buen funcionamiento de la ciudad de aquellos que quieren hacerle daño. En retrospectiva, me emociona no haber permitido el triunfo de los agoreros del fracaso”, dice

Cuando su arenga termina, desde el fondo de las gradas su madre, Eloísa Vivanco, arranca una porra para proclamar su nombre. “¡No estás sola! ¡No estás sola! ¡No estás sola!”.