Por: Mario Galeana
Dos libros de relatos, una novela, miles de columnas, tres ciudades, dos hijas, matrimonios y uniones varias, seis o siete periódicos, cuatro microinfartos cerebrales, una vida. Pasó una vida. Un exilio simbólico de 41 años. Pero el poeta estaba ahí: respiraba, intacto, a través del muñón.
—Yo escribí este libro de poemas porque no quería que, al morir, la gente dijera: murió el periodista Mario Alberto Mejía. Con este libro la gente podrá decir: murió el poeta.
El libro se llama Ictus (Destrazas Ediciones, 2019), y este domingo 8 de diciembre fue presentado en la mítica Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara por el autor y los poetas Miguel Maldonado, Mario Martell y Miguel Ángel Andrade, quien también editó la obra.
La primera vez que Mario Alberto Mejía publicó un libro de poemas tenía 21 años. Por eso Ictus supone el regreso del poeta. Ante todo, un regreso desbocado: su nueva obra incluye 48 poemas en los que escudriña la vida, el adulterio, el crimen, el duelo, los sueños, los recuerdos de los años 70 y 80, además de rendir homenaje a Octavio Paz, Nicanor Parra, T.S. Elliot, José Emilio Pacheco y Roberto Bolaño.
Cada poema fue arrancado del silencio de la memoria. Un intento alquímico por recuperar todo aquello que le fue arrebatado una tarde de abril de 2014, mientras conducía su New Beetle por la avenida más transitada de la capital de Puebla.
Fue un fogonazo y luego la nada. Fue un fogonazo y luego él con las manos sobre el volante, preguntándose quién rayos era aquel tipo que se miraba por el retrovisor. “Busco datos sobre mí en Google / y descubro, horrorizado, que soy periodista / o que me dedico al periodismo / para mantener al poeta que hay en mí”, escribe en el poema que abre y da título al nuevo libro.
Mejía había sufrido cuatro microinfartos cerebrales de siete milímetros de diámetro cada uno. Mientras conducía, su ex pareja lo guió por teléfono hasta su casa y más tarde fue enviado a un hospital público en el que cada noche despertaba sobresaltado, repitiendo para sí los primeros versos de Piedra de Sol como un mantra.
De vuelta a casa, optó por el truco más viejo de la humanidad: convertir el sufrimiento en belleza. Delineó en su mente la estructura de una novela y dos libros de poemas. Y, cuando llegó el momento, puso el culo en la silla. Escribió a un ritmo frenético, casi en trance. Al cabo de seis meses, tenía escritos tres libros.
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La novela se tituló Miedo y Asco en Casa Puebla y forma parte del primer tomo de una serie que lleva por nombre Un día nos moriremos todos. En la primera entrega disecciona la política local en las últimas dos décadas del siglo XX y la primera del siglo XXI.
Los dos libros de poemas dieron pie a uno solo, Ictus, cuyo título inicial fue Pabellón de enfermos terminales. El libro se compone de 10 capítulos. En Pequeños adulterios (costumbres de provincia), el poeta utiliza un sistema de metáforas para retratar el hastío doméstico y el adulterio de las mujeres casadas. En Retratos de mi madre traza una estampa prolija sobre Gloria, su madre, la mujer por la que conoció la poesía. En Homenajes y profanaciones acentúa la intertextualidad y dialoga con José Emilio Pacheco, al que le pide encarecidamente no cerrar los ojos por nada del mundo. En Pequeñas disolvencias en Oaxaca adopta un tono onírico para rendir homenaje a Malcolm Lowry y a todos los grandes escritores alcohólicos que vieron en México una tierra desolada y perfecta. Y en Autopsias y exhumaciones —por mencionar uno más— recapitula tres asesinatos: los feminicidios de Karla López Albert y Cécile Denise Acosta, más conocida como Dionisia, y el crimen de odio de un primo suyo que el pueblo optó por olvidar.
—Lo que descubro en esos tres poemas es una deuda con el periodismo y con la novela negra —dice—. Creo que en la poesía mexicana hay pocos poemas sobre crímenes. Abundan más en la poesía inglesa y estadounidense, pero la poesía mexicana no tiene una tradición poética sobre crímenes. Y eso me gusta. Soy un gran lector de Leñero, que escribió sobre asesinato, y de crónicas negras del buen periodismo… que ya no se hace, por desgracia. Ya nadie hace nota roja de calidad.
La casa del poeta Mario Alberto Mejía se ubica en un exclusivo fraccionamiento de San Andrés Cholula. Un portentoso librero de más de dos metros divide la sala del comedor, y es refugio de colecciones como En busca del tiempo perdido de Proust, la obra completa de Juan García Ponce y los Cantos de Pound.
En cada pared hay una pintura de los oaxaqueños Amador Montes y Alejandro Santiago, o del cubano Carlos Luna, además de cuadros pintados por la escritora Alejandra Gómez Macchia, su ex pareja, tan disímbolos entre sí que son capaces de remitir a Tamayo y Pollock.
Hay un tocadiscos en el rincón, antiguas lámparas dispuestas por la sala y un reloj estampado en la pared que se asemeja a los que anuncian la partida de los trenes. La sala tiene cierto aire de anticuario que contrasta con la Mac de 27 pulgadas que diariamente repica para escribir La Quinta Columna.
Ahora mismo hablamos bajo la sombra de un laurel que se agita en la esquina de un amplio jardín ubicado al costado de la casa. Dos pequeñas terrier australianas de color blanco se tienden muy cerca de nosotros y al fondo se escucha el murmullo de la conversación de dos empleadas domésticas que trabajan para él.
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—¿Cómo fue para ti esta transición entre la novela y la poesía?
—Yo nunca había escrito novela, en realidad. Lo que había hecho era publicar poesía. Hacer la novela significó para mí una verdadera cuesta arriba, porque lo que no quería hacer era salirme del género de la novela y terminar haciendo crónica, que es lo que he hecho durante mi vida periodística. Entonces fue un verdadero reto pasar a ese mundo de la novela con la técnica que tienen los Flaubert y los Dostoievski, pero combinada con la técnica de los Ibargüengoitia y los Guillermo Sheridan. Eso me facilitó el tránsito.
—¿Te sientes más cómodo en la poesía?
—Digamos que no es un asunto de comodidad; creo que más bien es un asunto de pasión. Digamos que me apasiona más escribir un poema que escribir el capítulo de una novela. Para el capítulo de la novela se requiere frialdad. Para la hechura de un poema se requiere pasión, se requiere sentir el peso de cada palabra. En la novela ese peso se difumina, no te puedes detener a disfrutar el peso de cada palabra porque entonces nunca terminarías de escribir esa novela.
—Has escrito La Quinta Columna por 23 años y, sin embargo, algo de lo que carecen todos estos poemas es la política. La política está excluida. ¿A qué se debe?
—Me gusta que este libro no esté contaminado por el columnista, por La Quinta Columna, por el trabajo que he hecho por 23 años. No me costó mucho trabajo, porque cuando intento escribir poesía o novela, estoy pensando en todo menos en la columna del día siguiente. Ojo: estos poemas, así como mi novela, los escribí a la par de mi columna, que hago diariamente. Entonces primero daba cuenta de mi columna, me olvidaba del periodista, y me metía a hacer el trabajo del poeta o del novelista. Al principio cuesta trabajo, pero después te acostumbras. Te puedes desmembrar, te puedes convertir en periodista cuando sales a una comida, o en poeta si vas a comer con poetas. Todos tenemos varias personalidades.
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—Me llama la atención que, salvo Pequeñas disolvencias en Oaxaca, todos los poemas enuncian lo real. ¿Esto se debe a tu formación periodística?
—Y también a mis lecturas. Elliot es un poeta que me gusta mucho, Pound es otro poeta que me gusta mucho. Y los dos, a su manera, y con una enorme diferencia, hicieron de lo vulgar o lo real una gran poesía. En América Latina pienso en Nicanor Parra, que es un poeta que me gusta mucho, muy narrativo, porque mi poesía —como te darás cuenta— le debe mucho a la narrativa. Hay quien podría considerar la poesía eminentemente narrativa. No me interesa realmente que me encajonen. Pero Parra lo que hacía era ofrecer el choque de una imagen bella con otra grotesca. Ese tipo de poesía es lo que me ha convencido muchos años. Pero creo que sí hacía falta que pasara por el periodismo para entenderla mejor. O sea, yo le debo mucho de este libro al periodismo.
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Las tías de Gloria Martínez, a quien apodaban Chata, solían pedirle que recitara poemas en voz alta, y ella lo hacía sin que le insistieran demasiado, por el mero deleite del verso expulsado de la boca.
Recitaba lo mismo a Salvador Díaz Mirón que a Manuel Acuña, sin que la calidad del poema la arredrara. Declamaba “Mamá, soy Paquito / no haré travesuras” seguido de “¡Adiós por la última vez / amor de mis amores / la luz de mis tinieblas / la esencia de mis flores / mi mira de poeta / mi juventud, adiós!”.
—En ese ir y venir empecé a detestar muchos de los poemas que declamaba mi mamá, pero eso me empezó a acercar, sin que yo me diera cuenta, al mundo de la poesía. No me acercó a la poesía del siglo XIX mexicano, sino a poetas más recientes y de otras lenguas.
Devoró con fruición a los poetas del siglo XX y más tarde los imitó: copió cuatro o cinco voces, hasta que de aquel concierto salió una sola: la suya.
Eran los años 70. Se inscribió a cada taller de poesía disponible en Ciudad de México, a la que había llegado a los seis años proveniente de Huauchinango, su ciudad natal. Conoció a Mario Santiago Papasquiaro y a Roberto Bolaño, y los supo genios. Escuchó a Puccini y a Mozart en la casa del poeta Carlos Illescas, que les pedía “abrir los oídos” a la música. Caminó por la noche estrellada pateando latas y recitando versos. Se hizo amigo y aprendiz del poeta argentino Jorge Boccanera y, sin saberlo, le disputó el primer lugar del Premio Nacional de Poesía Joven del INBA, en 1977. Obtuvo otro segundo lugar en el Premio Punto de Partida de la UNAM, en 1978. Y ese mismo año publicó su primer libro de poemas, Escarabajos y chimeneas (Cuadros para una exposición), junto a Rogelio Carvajal Dávila.
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“Mejía se desempeña mejor en poemas más largos”, dice el extracto de una crítica sobre el libro publicada en la revista de la UNAM en aquel mismo año, “en los que se advierte su habilidad para construir a base de corpúsculos informativos aparentemente independientes del sentido general del texto, pero que al final resultan integrando collages narrativos en los que se guardan una continuidad de imágenes contrastadas que reflejan con fidelidad los recorridos del autor”.
En el tomo V del Diccionario de Escritores Mexicanos del Siglo XX, también publicado por la UNAM, se define a su estilo poético como directo y sobrio, con un tono de desencanto y tristeza, y se le considera emparentado con el de José Emilio Pacheco por su “ritmo, ironía y retórica”.
—El mundo cambia completamente porque ya eres un poeta con libro a los 21 años. Y empiezan a llegar los premios, las becas y las musas. Y las fiestas. Creo que el mundo de la poesía es el mundo de la gran fiesta. No cuando estás escribiendo, sino cuando terminas de hacerlo.
—Publicar un libro y recibir un premio habría alentado a cualquiera para seguir con la poesía…
—Y fue lo que hice. Me dediqué de tiempo completo a ello. Me fui a vivir a Coyoacán, me gané una beca del INBA, publicaba, cobraba por publicar, daba lecturas y cobraba por ellas, nos llevaban a Cuernavaca, a Morelia y a Aguascalientes a dar lecturas. Yo era un poeta profesional.
—¿Y cuándo decides girar tu vida al periodismo?
—Cuando te das cuenta de que no puedes vivir de la poesía. Hay un momento en el que se acaban las becas y los premios. Y de pronto en este país ya no se pagan tampoco las lecturas de poemas. Entonces ya todo es gratis. En ese momento dices: “Ajá, de qué voy a vivir, cómo voy a pagar mi renta”. ¡Y más viviendo en Coyoacán!
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No fue la renta lo que lo hizo volver a Huauchinango, sino una mujer. Una mujer con un peculiar lunar en forma de patilla. Una mujer en la que, a veces, cuando los bares se despueblan y es hora de partir de vuelta a casa, piensa dulcemente y se pregunta qué hubiera pasado si.
En Huauchinango incursionó por primera vez en el periodismo a través de un programa de radio, y más tarde el periodista Fernando Crisanto lo invitó a Puebla a trabajar en un diario. Allí inicia la historia que casi todos conocen.
Escribió crónica y narró algunos de los más bochornosos y más importantes episodios de la vida política en el estado, sin saber que su reporteo se convertiría en materia prima para la novela que publicaría varios años más tarde. En 1996 le propuso a Rodolfo Ruiz, entonces director de El Universal de Puebla, la publicación de una columna que llevara por título La Quinta Columna.
Mario Alberto Mejía hizo columnista al poeta: trajo a la columna la estructura del verso, lo que dio a sus oraciones una lectura ágil, como un latigazo o un puñetazo en la cara. Lo hizo porque los columnistas de la época escribían grandes párrafos que le parecían farragosos, sin gracia.
Su estilo se ha hecho ley. Hoy en día la estructura de la columna-en-verso es replicada hasta el hartazgo por los columnistas locales, aunque carezca del efecto alcanzado por su autor. La Quinta Columna se ha publicado ininterrumpidamente desde entonces, y aunque Mejía considera que el poeta ha seguido allí todos estos años, su faceta como periodista que conversa codo a codo con el poder ha adquirido mayor popularidad.
En el epílogo de Ictus, el editor Miguel Ángel Andrade afirma: “Luego de un prolongado silencio, parecía que la voz del poeta se había extinguido en el célebre autor de La Quinta Columna (…) A veces, en soledad o en compañía, surgía un verso —ajeno o propio— que iluminaba el momento. Entre la escritura de la columna diaria, entre editoriales y libelos entre reuniones con políticos, vivía el poeta exiliado”.
—Pero nunca el periodismo ha estado antes que la poesía para mí. Siempre digo: “Soy un poeta metido al periodismo. Creo que he sido leal a mí mismo, no me he traicionado”. Ve cuántos años han pasado y sigo empecinado en hacer poesía.