A medianoche, Bulgaria despedirá oficialmente al lev, su moneda histórica, para adoptar el euro y convertirse en el país número 21 de la eurozona. En mercados como el tradicional de Sofía, los precios ya se exhiben en ambas monedas, reflejando un cambio que genera expectativa y temor social.
Mientras jubilados y comerciantes confían en que la transición será positiva, otros alertan que los precios podrían dispararse sin que los salarios se ajusten al mismo ritmo. El Instituto Nacional de Estadística reportó que los alimentos ya subieron 5% interanual, alimentando el miedo a una espiral inflacionaria.
El gobierno sostiene que la integración fortalecerá la economía, atraerá inversión y consolidará el rumbo europeo del país, alejándolo de la influencia de Moscú. Desde Bruselas, Ursula von der Leyen afirmó que el euro traerá beneficios concretos y mayor competitividad. Sin embargo, el contexto político es frágil: protestas anticorrupción recientes derribaron al gobierno y abren la puerta a nuevas elecciones, las octavas en cinco años.
Bulgaria, uno de los países más pobres de la Unión Europea, encara así una de las decisiones más trascendentales de su historia reciente, entre esperanza económica e incertidumbre política.

