El anuncio y confirmación de la renuncia de Blanca Alcalá Ruiz a su militancia de décadas en el PRI es un signo más de extinción del otrora partido-gobierno.
Se trata de la crónica anunciada de la muerte política del membrete del histórico partido nacido de la posrevolución mexicana; pero también cuestiona la pérdida de la ideología de los priistas.
En primer término, es inaceptable la tesis del fin de las ideologías; por ello los políticos dan tumbos y transforman sus convicciones políticas en un mercado bursátil.
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El caso específico de militantes y exmilitantes del PRI, muchos de ellos dirigentes, durante más de 80 años, fueron personajes del aparato burocrático del sistema.
Salvo algunos de los llamados sectores del Revolucionario Institucional, como el obrero-sindical y el campesino, con figuras como Fidel Velázquez, con todo y lo cuestionable, fueron auténticos líderes sociales.
Lo mismo puede decirse de Elba Esther Gordillo Morales: perdió el camino, pero nadie puede negarle su origen magisterial y su habilidad como lideresa sindical.
Del resto de priistas, miles de ellos —presidentes de la República, secretarios de Estado, gobernadores, legisladores y alcaldes— posteriores al periodo de Lázaro Cárdenas, fueron políticos de aparato, producto de la meritocracia, las lealtades y la disciplina partidista.
Muchos, durante el “priato”, formaron parte de la burocracia ideológica de la Revolución Mexicana, desde los nacionalistas hasta los neoliberales.
El modelo funcionó hasta la llegada de los tecnócratas neoliberales, quienes buscaron destruir el Estado benefactor y dejarlo todo al mercado de la oferta y la demanda.
Desde caciques militares hasta gobernadores neoliberales corruptos, el sistema operó hasta que el modelo priista se agotó.
Resulta un insulto vender a políticos priistas como líderes sociales: del avilacamachismo caciquil a los tecnócratas de Miguel de la Madrid y los salinistas, incluido Zedillo, todos fueron burócratas del aparato del partido-gobierno.
Uno de los méritos de los priistas nacionalistas, como Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, fue recuperar el activismo social frente al avance del neoliberalismo.
Fue Andrés Manuel López Obrador quien aprovechó ese activismo social para montarse en el Frente Democrático Nacional (FDN) y fundar Morena, retomando el modelo de control político del viejo PRI, con nacionalismo y vicios incluidos.
Remasterizado, el priista López Obrador dio continuidad al sistema burocrático de control con la 4T, extendiéndolo a los tres Poderes del Estado, facilitando la incorporación de priistas neoliberales que abandonaron el PRItanic en naufragio.
En Morena-4T confluyeron priistas neoliberales, nacionalistas y sectores de la izquierda estalinista, un cóctel político diseñado para un totalitarismo de largo aliento, al estilo del chavismo, hasta su eventual quiebre.

