En su segundo mandato, Donald Trump ha llevado la inteligencia artificial al centro de la comunicación política cotidiana. Ya no se trata de simples montajes llamativos: la Casa Blanca difunde imágenes hiperrealistas creadas o alteradas con IA para reforzar mensajes de poder, ridiculizar adversarios y dramatizar su agenda nacional e internacional.
Escenas imposibles —como un partido de fútbol con Cristiano Ronaldo en la Oficina Oval o un descanso bajo el sol junto a Benjamín Netanyahu en una supuesta “Trump Gaza”— conviven con versiones fantasiosas del mandatario caracterizado como Papa, director de orquesta o figura heroica. La intención no es el realismo, sino el impacto inmediato.
El fenómeno fue documentado por el Instituto Poynter, que advierte que se trata de la primera administración estadounidense en incorporar imágenes generadas por IA en su comunicación diaria. Según el reporte, esta narrativa visual simplifica mensajes complejos y potencia la carga emocional, facilitando la movilización de simpatizantes y la polarización del debate.
La estrategia funciona como una campaña permanente. Videos fabricados con IA mostraron a Barack Obama esposado o a líderes demócratas en eventos ficticios. Incluso dependencias oficiales han replicado el enfoque sin advertir la manipulación digital, normalizando un nuevo estándar de propaganda visual.
El uso institucional se ha expandido: secretarías, agencias migratorias y funcionarios estatales emplean montajes para mensajes políticos y satíricos. En el plano geopolítico, la IA también amplifica ambiciones territoriales, con imágenes de Trump “anexando” Groenlandia o Canadá.
Investigaciones recientes —incluidas publicaciones en Nature— alertan que la interacción con sistemas de IA puede influir en preferencias electorales. En este contexto, la administración encontró una herramienta de bajo costo, alta visibilidad y enorme capacidad de repetición, capaz de desplazar el debate hacia el espectáculo, donde la emoción pesa más que el hecho verificable.

