El show de medio tiempo del Super Bowl se consolidó como el escaparate musical más influyente del planeta, capaz de redefinir carreras, romper récords de audiencia y detonar debates culturales. Aunque desde los años 60 existía un espectáculo intermedio, fue en 1993 cuando todo cambió con la histórica actuación de Michael Jackson en el Super Bowl XXVII. Aquella noche, el Rey del Pop no solo elevó el estándar artístico, también provocó un fenómeno inédito: más televidentes tras el descanso que antes del kickoff.
Desde entonces, la NFL entendió que el medio tiempo es un motor de audiencia y conversación global. Tres décadas después, la expectativa vuelve a dispararse con Bad Bunny, quien promete un espectáculo cargado de identidad latina, ritmo y mensaje cultural. El puertorriqueño llega en un momento clave, tras su paso triunfal por los Grammy y en medio de una narrativa que conecta música, migración y raíces.
Las cifras respaldan el fenómeno: el récord histórico de audiencia fue superado recientemente por Kendrick Lamar, confirmando que el medio tiempo puede eclipsar incluso al partido. Aunque la liga no paga honorarios, la exposición global —impulsada ahora por Apple Music— convierte al show en una inversión estratégica.
La edición actual suma polémica. La organización Turning Point USA anunció un concierto alternativo encabezado por Kid Rock, en abierta respuesta a la elección del artista boricua. Dos visiones, un mismo horario y millones de miradas.
Este Super Bowl LX, con Seattle Seahawks frente a New England Patriots, confirma que el medio tiempo ya no es un descanso: es el verdadero campo de batalla cultural. Música, política y espectáculo, todo en 15 minutos.

