A cuatro años de que Vladímir Putin ordenara la invasión a gran escala de Ucrania, la mayor confrontación en Europa desde 1945 permanece en un punto muerto. Moscú controla cerca del 20% del territorio ucraniano, pero su avance se ha desacelerado drásticamente: en el último año apenas amplió su dominio en un 0.79%, según estimaciones internacionales.

El saldo humano es devastador. Un reporte del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) calcula hasta 1.8 millones de bajas militares combinadas, incluyendo alrededor de 325 mil soldados rusos fallecidos. La ONU ha confirmado más de 15 mil civiles muertos, y 2025 se convirtió en el año más letal desde el inicio de la ofensiva.

En el terreno, los drones militares redefinen la guerra moderna: ya no solo vigilan, ahora destruyen tanques, instalaciones energéticas y golpean ciudades estratégicas. Rusia ha castigado la red eléctrica ucraniana durante inviernos consecutivos; Kyiv ha respondido con ataques de largo alcance en territorio ruso, ampliando el radio del conflicto.

La vía diplomática tampoco avanza. El presidente Donald Trump impulsó cumbres y mediaciones, pero las negociaciones siguen bloqueadas por el control del Donbás y las garantías de seguridad. Putin exige que Ucrania renuncie a la OTAN, mientras Volodímir Zelenski rechaza ceder territorio y advierte que cualquier pausa permitiría a Rusia reagruparse.

Europa ha reforzado su respaldo ante la disminución del apoyo estadounidense. El G7 reiteró su respaldo “inquebrantable”, pero la realidad económica pesa: Ucrania enfrenta una deuda creciente y 5.9 millones de refugiados, mientras Rusia apenas crece 1% bajo sanciones y gasto militar récord.

El resultado es una guerra de desgaste, con impacto global en seguridad, energía y estabilidad geopolítica. El desenlace sigue siendo incierto.

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