A un par de semanas, no están claras las causas del ataque de Estados Unidos, aliado con Israel, a Irán. Las declaraciones y explicaciones oficiales han sido contradictorias. No extraña que muchos estadounidenses críticos del Gobierno de Donald Trump hablen de una guerra ilegal –iniciada sin el aval del Congreso– con fines propagandísticos.
Incluso se reproduce el juego de palabras de “una guerra de armas de distracción masiva”, de cara a las elecciones intermedias del 3 de noviembre, con la aprobación presidencial en niveles por abajo de 40 por ciento.
La estrategia militar tampoco es clara. En cambio, sí lo es que ya no estamos ante un “paseo militar” con una operación expedita, como la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro. La contraestrategia visible confirma la sabiduría del viejo refrán: “nunca subestimes a tu enemigo”.
Entre tanta incertidumbre, hay pocas dudas de que el mando iraní se ha decidido, para su supervivencia, por resistir y elevar los costos al adversario, a pesar de su carácter represivo y de la escala de destrucción en el país. Si en Washington se apostó por una operación de días o semanas, Teherán apuesta por una extensión indefinida de la guerra, y a escala regional, ya con 12 países afectados y con efectos disruptivos para la economía mundial.
Eso incluye, desde luego, a Estados Unidos. Lo suficiente en tiempo y gasto como para poner al Gobierno de Trump en serios aprietos políticos ante una guerra impopular (sólo alrededor de 27% la aprueba, según las encuestas) e inflacionaria. Tanto como para obligarlo a recular o a que los republicanos pierdan su mayoría en el Congreso e incluso en el Senado.
Históricamente, en conflictos bélicos asimétricos, la parte en desventaja tiende a buscar alternativas. Ese es el origen de la guerra de guerrillas o incluso de prácticas de terrorismo. En este caso, Irán lanza drones contra instalaciones de producción de petróleo y refinerías de países vecinos del Golfo Pérsico, al mismo tiempo que amenaza a los buques que quieran pasar por el Estrecho de Ormuz, de donde sale el 20% del abasto de crudo del mundo.
Incluso se habla de una disrupción en las cadenas de suministro globales que sería como un “mini Covid” en lo económico. Pocos países pueden librarse de impactos.
En México, muchos siguen pensando que el petróleo caro nos beneficia, cuando puede perjudicarnos mucho en la balanza comercial y al Gobierno, en su déficit, por subsidios para mantener el precio de la gasolina.
El 90% de las exportaciones de ocho grandes productores de petróleo y gas sale por ese Estrecho de unos cuantos kilómetros: además de Irán, Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Bahréin, Kuwait e Irak. El 90% del suministro de hidrocarburos de Japón depende de esa fuente y para Corea del Sur el 70%, China el 40%, India el 60% y Europa el 10 por ciento.
Normalmente, de 80 a 100 petroleros y buques cisterna de gas natural licuado (GNL) cruzan diariamente el Estrecho. La amenaza iraní contra cualquier barco que quiera hacerlo ahora ha sido efectiva, mientras que las aseguradoras cancelan o elevan el precio de las coberturas. Por eso los mercados del mundo entero están en vilo frente al escenario de una guerra prolongada y costosa.
Los precios del petróleo llegaron a rozar los 120 dólares por barril, el nivel más alto desde junio de 2022, cuando Rusia invadió a Ucrania. Antes de los ataques estaban en 71. Así, a dos semanas, los precios de la gasolina en Estados Unidos habían aumentado 20% y los del diésel 27 por ciento.
Hasta ahora, Wall Street ha capeado la tormenta, pero el conflicto se da en paralelo a otros riesgos de alto calibre, como el temor a una burbuja por las inversiones en inteligencia artificial.
Más aterrizado: los hogares y las empresas están resintiendo los costos y eso podría tener consecuencias electorales desastrosas para los republicanos, con una guerra que, se estima, cuesta al gobierno unos 900 millones de dólares al día. Para el régimen iraní, que se prolongue la guerra y crezcan sus costos para los ciudadanos de a pie en Norteamérica pudiera significar la sobrevivencia.
Por eso se habla de un “impuesto de guerra”, de la gasolina a la inflación y, lo más preocupante, con el fantasma de la estanflación volviendo a asomarse, en Estados Unidos y, con más riesgos de recesión en México.
Hay una cita de Nicolás Maquiavelo que no podía ser más atinada y oportuna, para estar preparados, en todo el mundo: “La guerra empieza cuando uno quiere, pero no termina cuando uno desea”.

