En el marco del 495 aniversario de la fundación de Puebla, especialistas subrayan que la riqueza de la ciudad no se limita a la presencia de edificios históricos, sino que reside en “la compleja evolución urbana y social que ha experimentado desde 1531”, la cual ha dado forma a su identidad actual.
En entrevista, la doctora Angélica Pérez Ramos, académica del Departamento de Arte, Diseño y Arquitectura de la Ibero Puebla, explicó que uno de los principales valores de la capital del estado es su notable diversidad arquitectónica, resultado de la superposición de distintos periodos históricos que coexisten en un mismo espacio urbano.
“Puebla cuenta con una muestra muy amplia y representativa de diversas corrientes arquitectónicas. Desde los primeros años de su fundación se pueden identificar elementos renacentistas y barrocos; posteriormente, en el Siglo XVIII, se consolidan otras expresiones; mientras que en el Siglo XIX predomina el estilo neoclásico, y en el Siglo XX surgen edificaciones funcionalistas caracterizadas por grandes ventanales y plantas libres”, detalló.
Añadió que la traza urbana refleja influencias del romanticismo, particularmente visibles en la incorporación de jardines, paseos y espacios abiertos que, hasta el día de hoy, continúan formando parte esencial del paisaje de la ciudad.
ENTORNO MODERNO La especialista subrayó que Puebla fue concebida originalmente como una ciudad integral, en la que las personas podían vivir, trabajar y satisfacer sus necesidades cotidianas dentro de un mismo entorno.
“En 1531 se trataba de una ciudad pensada para habitarse plenamente. La mayoría de los inmuebles eran viviendas y prácticamente todas las actividades se desarrollaban dentro de la misma traza urbana”, explicó.
No obstante, señaló que con la llegada de la industrialización y el avance tecnológico, la Angelópolis comenzó a experimentar importantes transformaciones. Las vialidades se modificaron para dar paso a nuevas formas de movilidad y, durante el Siglo XX, el crecimiento urbano se intensificó de manera considerable.
“El vehículo automotor comenzó a cobrar protagonismo entre las décadas de 1960 y 1970, lo que impulsó la expansión territorial de la ciudad y la creación de nuevas centralidades urbanas. Esto provocó que muchas personas migraran hacia otras zonas en busca de vivienda y mejores condiciones de vida”, indicó.
AUGE TURÍSTICO La académica del Departamento de Arte de la Ibero señaló que, a partir de la segunda mitad del Siglo XX, el turismo se convirtió en un factor determinante en la transformación del Centro Histórico de Puebla.
Este fenómeno propició que numerosas casonas dejaran de ser habitadas para adaptarse a nuevos usos, como comercios, hoteles, restaurantes o incluso espacios educativos, en respuesta a la creciente demanda de servicios.
“Todos estos cambios responden directamente a la demanda turística. Muchas viviendas fueron transformadas para ofrecer servicios, lo que también contribuyó al desplazamiento de una parte significativa de la población hacia otras zonas de la ciudad”, explicó Pérez Ramos.
POBLACIÓN AUSENTE En la actualidad, añadió, el primer cuadro de la ciudad enfrenta una dinámica particular: aunque durante el día mantiene una intensa actividad comercial y turística, por las noches pierde en gran medida su carácter habitacional.
“Ya no se habita en todo el sentido de la palabra. Durante la noche y la madrugada predominan los comercios y disminuye la vigilancia natural en las calles”, advirtió.
En este contexto, la especialista afirmó que el corazón de Puebla conserva su imagen histórica, pero ha perdido parte de su vida cotidiana y su función residencial.
“El centro es una ciudad atrapada en el tiempo”, expresó, al referirse a un espacio que mantiene su valor patrimonial, pero que ha dejado de operar como una zona plenamente habitada, a diferencia de otras áreas que han crecido con nuevas centralidades y dinámicas urbanas más activas.
En cuanto a las viejas casonas que aún se conservan, la académica precisó que muchas de ellas no corresponden a un solo estilo arquitectónico, sino que “son el resultado de procesos constructivos prolongados, así como de múltiples adaptaciones realizadas a lo largo del tiempo”.
Por ejemplo, mencionó que algunos inmuebles iniciados en el Siglo XVI fueron concluidos hasta el XVII, lo que explica la coexistencia de elementos renacentistas y barrocos dentro de una misma estructura.
CALIDAD DE VIDA Finalmente, Pérez Ramos advirtió que el mantenimiento del patrimonio histórico edificado no debe limitarse exclusivamente a la aplicación de normativas arquitectónicas, sino que también debe contemplar el bienestar y la calidad de vida de quienes habitan la ciudad.
“El Gobierno hace lo que puede a través de la normativa, pero hacen falta políticas públicas integrales. No tiene sentido conservar los espacios si no se procura también la calidad de vida de sus habitantes”, afirmó.
Además del valor material, resaltó la importancia de preservar el legado intangible de Puebla, como su gastronomía, tradiciones y celebraciones populares, elementos que constituyen una parte fundamental de su identidad cultural.
De acuerdo con la especialista, a 495 años de su fundación, Puebla se mantiene como una ciudad en la que conviven distintas épocas en un mismo territorio.
No obstante, su evolución también plantea importantes desafíos en torno a cómo lograr un equilibrio entre el desarrollo urbano, el impulso al turismo y la preservación de su esencia histórica y social.

