GERARDO GUTIÉRREZ
La economía mexicana está inextricablemente ligada a la estadounidense, para bien y para mal. Representa más del 80% de nuestras exportaciones, 43% de la inversión extranjera directa (IED) y 40% de nuestro suministro externo, con dependencia fundamental en rubros como gas natural, gasolina y granos básicos. No por eso podemos permitirnos olvidar al resto del mundo.
Al contrario: justo por lo dependientes que somos de nuestros vecinos y por su proteccionismo emergente, urge aún más una estrategia de diversificación realmente ambiciosa, aunque la capacidad de reducir dicha dependencia en términos relativos sea acotada. Es necesario incluso para reforzar nuestra posición en el marco del TMEC.
En ese sentido, el Acuerdo Global Modernizado México-UE, que renueva de forma significativa al original del 2000, no podía ser más oportuno. Es como una pista actualizada y ampliada para multiplicar los vuelos en negocios, comercio e inversiones. En el contexto de tensiones geopolíticas y reconfiguración de cadenas de suministro, nuestro país puede ser un punto operativo estratégico para empresas de las 27 naciones de la Unión Europea.
La UE es nuestro segundo mercado internacional. Aunque representa apenas 4.5% de nuestras exportaciones totales, en valor suma cerca de 34 mil millones de euros anuales, producto principalmente de las ventas de maquinaria, electrodomésticos, vehículos automotores, combustibles y productos mineros.
Según proyecciones de la Secretaría de Economía y el Consejo Empresarial Mexicano de Comercio Exterior (Comce), con el Acuerdo Modernizado podemos dar un salto de 34% en el valor de las exportaciones al bloque tan pronto como en 2027 y de 50% para el 2030.
En cuanto a IED, la UE ya aporta el 26% del total, también en segundo lugar, pero ya no tan lejos de Estados Unidos. Uno de cada cuatro dólares invertidos en la industria manufacturera mexicana viene de ahí y más de 13 mil empresas europeas operan en nuestro territorio.
De la mano del nuevo acuerdo y su programa Global Gateway, la UE ya ha comprometido cinco mil millones de euros para financiar proyectos de energía limpia y tecnología alineados al Plan México. En adelante, el Comce habla de una expansión sin precedentes de los flujos de capital en los próximos cinco años, con foco en los sectores automotriz y de logística.
Se está ampliando la liberación arancelaria para ambas partes del 97 al 99 por ciento, pero, en lo particular, ya 86% de nuestras exportaciones agrícolas queda sin gravamen.
El campo mexicano es un ganador directo del acuerdo, al abrirse un acceso preferencial a un mercado de 450 millones de consumidores para productos como aguacate, berries, miel, jarabe de agave, espárragos, tequila y mezcal, carne, plátano y café.
Otras oportunidades abiertas son la posibilidad de que constructoras y proveedoras de servicios mexicanas concursen en licitaciones gubernamentales en todos los países de la UE y que, en favor del comercio digital y para las Pymes, quedan eliminados los aranceles a transmisiones electrónicas y la localización forzada de datos.
Con todo, la oportunidad de atracción de inversiones en alta tecnología y manufactura limpia puede ser lo más relevante a largo plazo.
En industrias como la automotriz, la aeroespacial y la de dispositivos médicos, la gran oportunidad es atraer IED con proyección al mercado norteamericano, más que vender productos terminados mexicanos en Europa. El verdadero potencial está en una triangulación virtuosa.
Quizá el principal gancho del acuerdo para ello es la incorporación del Sistema de Tribunales de Inversiones (ICS) para dar la certidumbre jurídica que empresas europeas están exigiendo tras las reformas constitucionales que se hicieron en México en materia judicial y de organismos reguladores.
Además, hay una flexibilización en las reglas de origen en los sectores automotriz, aeronáutico y químico, lo que permitirá que una planta europea en México importe con arancel cero maquinaria pesada y componentes desde su matriz, para luego ensamblar aquí el producto final cuidando que cumpla con el valor regional necesario para evitar aranceles en Estados Unidos.
Desde la perspectiva de empresas alemanas, españolas o neerlandesas, se refuerza el atractivo de poder llevar sus productos a Texas o California en tiempos y con costos imposibles desde los puertos de Rotterdam o Hamburgo.
Por su parte, México puede sustituir importaciones de China y beneficiarse por transferencia tecnológica. Aquí existe un potencial formidable de ampliación de contenido nacional y desarrollo de proveeduría local en nuestra plataforma exportadora. Por supuesto, nada de esto pasará por simple inercia.
Sin garantía de abasto eléctrico competitivo en precio y preponderantemente limpio en nuestros parques industriales, las empresas manufactureras europeas difícilmente los considerarán para sus fábricas.
Si no optimizamos la gestión aduanal con digitalización y automatización, los costos y los tiempos de cumplimiento diluyen el atractivo.
Si no contamos con una plataforma eficaz de apoyo a nuestros exportadores y para la internacionalización de las empresas, sólo unos cuantos van a aprovechar la puerta que se abrió. ProMéxico, que hacía esa tarea, desapareció en 2018, y nos convertimos en el único país del G20 sin una agencia federal de promoción y facilitación de la IED. Remediemos ese error.
Hay que insistir en esto: el nuevo acuerdo con la UE y los otros 13 tratados de libre comercio que tenemos, incluyendo el TMEC, son pistas de despegue, no el vuelo mismo.

