GERARDO GUTIÉRREZ

La administración de Donald Trump lanzó una nueva tanda de aranceles a los productos de más de 80 países, incluyendo el nuestro. Es su más reciente intento por imponer una política proteccionista de largo alcance y remontar los reveses de ésta ante los tribunales. No será el último. De hecho, viene otro en breve.

De algo podemos tener total certeza entre tanta incertidumbre: ésta seguirá afectando a la economía global y más aún a la mexicana, profundizando el estancamiento de la inversión y el crecimiento, cuyas causas también son internas. 

Aunque México no se ve impactado sustantivamente por esta oleada que ya entró en vigor, estamos en medio de una crisis de la relación bilateral por acusaciones y señalamientos desde Estados Unidos que no sólo van contra políticos y funcionarios locales, sino contra el sistema político como tal.

En cuanto al TMEC, la tercera ronda de la revisión –en la que no ha participado Canadá– concluyó, básicamente, con las declaraciones del representante comercial estadounidense de que lo importante –como reglas de origen– se tratará hasta el próximo año.

La incertidumbre puede paralizar, pero también impulsar la resiliencia y la toma de decisiones que nos corresponden y son imprescindibles. Lo mismo en el combate al crimen organizado que en certidumbre jurídica para la actividad empresarial. No habrá un momento idóneo. Esas decisiones se necesitan ahora.

Por lo pronto, cada vez es más difícil seguir tantos cambios en los aranceles de Estados Unidos. Para todo el mundo y más aún para México.

Los aranceles efectivos han cambiado 45 veces en 18 meses, un promedio de una vez cada 12 días, como ha destacado en New York Times la economista de Yale Natasha Sarin, quien señala que esta nueva tanda no sólo desafía a los tribunales, sino al sentido común.

Las nuevas tarifas oscilan entre el 10 y el 12.5 por ciento y reemplazan a un arancel global temporal del 10% que expiró justo el viernes pasado. Este había sido impuesto en febrero, luego de que la Suprema Corte anuló los “del día de la liberación” de 2025. En fila están los potenciales gravámenes por investigaciones contra 16 países, incluido el nuestro.

Los nuevos aranceles se emitieron en virtud del artículo 301 de una Ley de Comercio de 1974. Esta permite al presidente estadounidense tomar medidas contra países que incurran en prácticas comerciales irrazonables o discriminatorias. Su administración ha señalado que algunas naciones no aprueban ni aplican leyes que prohíban la importación de bienes fabricados con mano de obra forzada. Difícil no ver nuevamente pretextos.

En el caso de México, las condiciones comerciales con nuestros vecinos se mantienen casi igual. Protegidas bajo el TMEC, aproximadamente el 85% del total de nuestras exportaciones mantiene un 0% de arancel; el resto ya estaba gravado.

Sin embargo, como resalta la propia cobertura del New York Times, los nuevos aranceles reiteran la intención de transformar el comercio mundial, a pesar de las numerosas impugnaciones judiciales y el rechazo de consumidores y empresas estadounidenses. Es una señal clara de ante qué estamos, si esperamos que se disipe la incertidumbre. 

La segunda investigación comercial abierta se basa en la misma Sección 301, pero se enfoca en excesos de capacidad de manufactura estructural, argumentando que ciertos países inundan el mercado estadounidense con productos artificialmente baratos. Atañe a China, la UE, India, Japón, Suiza, Corea del Sur y a México. 

Es más preocupante, porque puede derivar en un bloqueo a la industria de exportación en su esencia: a la capacidad productiva construida precisamente para exportar. El objetivo es funcionar como un "recargo" acumulable (top-up tariff) para terminar de elevar los impuestos aduaneros globales al nivel deseado por la Casa Blanca.

El riesgo real parece menor que el que enfrenta Asia, pero existen focos amarillos y rojos.

En el sector automotriz la lupa está en el origen de componentes electrónicos, baterías y piezas de acero en autos ensamblados en México. Si la representación comercial estadounidense (USTR) determina que las armadoras usan insumos subsidiados de Asia, podría aplicar recargos a vehículos terminados.

En acero y aluminio, Washington insiste en que metal chino entra a México, tiene proceso mínimo de transformación y se exporta a Estados Unidos. Quizá ahí está el peligro más inmediato, reclamando un endurecimiento de nuestros propios controles de importación de terceros países.

El auge reciente en electrónica, computadoras y semiconductores también puede ser afectado por la auditoría a la mudanza de fábricas de componentes al norte de México. Se investiga si existen exenciones fiscales o ayudas excesivas para atraer a empresas y si la capacidad instalada de productos como motores eléctricos supera lo que el mercado regional requiere de forma orgánica.

México ya ha enviado documentación para demostrar que no hay un exceso estructural en ningún sector manufacturero y que los ciclos de producción están sincronizados con la demanda.

Al igual que con la tanda anterior, los productos que certifiquen un origen 100% norteamericano deberían quedar exentos, pero eso depende de que el TMEC subsista y funcione.

Como sea, hay una ruta larga por recorrer: además de una negociación eficaz, trabajando con aliados en Estados, necesitamos trabajar en los factores que están deteniendo la inversión, y que seguirán ahí aunque se acabe la incertidumbre sobre el TMEC: Estado de derecho, sistema regulatorio confiable y eficaz, e infraestructura energética.

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