Por: Neftalí Cora

Para Julia Coria

No había percibido el vértigo del vuelo de los innumerables pájaros que vi esta tarde en plena calle de la ciudad, hasta que se oyeron las alas. Tenían una excitación mayor y volaban con más pericia, que los coches que avanzaban por la avenida de las seis treinta de la tarde. Hacía mucho tiempo que no estaba frente a tantos pájaros juntos volando vertiginosos y uniformes en los movimientos del aire y sus alas numerosas. Eran una llamarada negra en el cielo y poca gente alzaba la mirada para verlos. Yo no los perdí de vista desde una gasolinera cercana. Sólo vi que dos muchachas notaron aquellas hermosas nubes volantes que se volvían serpientes, ríos, arena negra volando, aguacero horizontal que la penumbra plumada había soltado como el diablo contra la ciudad de Morelia.

Como esos pájaros, nunca más había comprendido ese juego de las aves, en el que se enfrentan y desafían, a los que abajo pasábamos sometidos por el fin triste de la rutina de vivir. Era un vuelo violento, furioso, calculado, sonoro, perfecto. Pájaros negros, aves de la oscuridad llegadas. Eran tan negros, que a la misma oscuridad –que llegaría pronto–, hubieran deslumbrado. Los vi de cerca, escuché cómo frotaban las alas contra las paredes del aire y aquello era una música que levantaba la piel, de solo imaginar las plumas de sus alas, rozar la mejillas inesperadamente.

He sido un caminador desde mi primera juventud. Conozco la calles de Morelia bien, aunque de unos años a estos días, poco me importa conocer esas áreas de crecimiento inhumano al que la ciudad es obligada. Pero caminar por ciertos sitios de la ciudad, era en otros años, uno más de mis oficios. En mi labor, sabía dónde y en que tiempo, llegaban pájaros de distintas especies a los entonces numerosos lugares arbolados de Morelia Y aunque sin cámara para tomar fotos, iba a verlos a la hora que buscaban árboles para dormir. Hoy mismo –poco antes, mientras cruzaba un descomunal puente peatonal, vi dos filones en líneas angulares de garzas blancas volar por el mismo rumbo de la ciudad y me preguntaba, a dónde iría su viaje, a qué lago, laguna, bordo, río o presa iban tan veloces, aquellas largas perlas del aire, que siempre me han parecido ángeles que cruzan la ciudad, como una blanca parvada que rayan el azul, como un gis deslizándose sobre un pizarrón inmenso y azul, muy azul.

He escrito algunos versos con aquello que mis ojos vieron en el deslumbramiento. Era la belleza en medio de una tarde de viernes, por la que transitaba la gente, como si la miseria fuera la vida ordinaria o como si cada quien fuera hacia el fin del mundo. En los árboles del camellón había también muchos pájaros negros. Paraban unos en las ramas y otros, aselados allí, volaban de inmediato, mientras que otros llegaban y hacían lo mismo y otros y otros y muchos más, formulando aquel paisaje que en el medievo, se hubieran creído siniestro.

Por un momento creí, que aquella grande maravilla, en los corredores polvorientos de aquel extremo de la ciudad donde los trailers, los autobuses y otros monstruos del ruido, era el lugar preciso para que sucediera ese momento de oscura belleza y parte central de la belleza, fue que nadie se asombrara, que aquel paisaje hermosísimo por unos instantes, era tal y como lo vi, como logré tomarle fotografías y como vi claramente, que la gente pasaba sin cabecear lo más mínimo, para mirar lo que a mí en ese momento me tenía cautivo, preso de una escena dramática de los pájaros que volaban como si quisieran chocar contra un muro que con su vida acabara. Esa impresión tuve; sentí en su vuelo, el deseo de la desaparición, de la huída. Volaban con fuerza y los trinos me parecieron de espanto y deseos por acabar con el día, con la luz o con la vida misma (es claro que mi imaginación tiende a las catástrofes dramáticas), pero ¿Quién no ha visto pájaros morir contra un cristal de una ventana? Yo los he encontrado sobre el pavimento; inolvidable uno que hallé, mientras caminaba por uno de los estacionamientos cercanos a Las Américas. Lo recogí y secretamente en el primer jardín, con las manos cavé su sepultura. Y siempre que veo pájaros muertos sobre pavimento, siempre me da por pensar que llegó la hora en que se van a morir los pájaros…

Mientras miraba aquellos pájaros en su pesado y rápido tumulto, pensé: “Hoy es el día en que se marcharán los pájaros y nadie los va a echar de menos”. Y pese a que vivo en una zona urbana, y pese a que el Ayuntamiento tiró el árbol que estaba afuera de mi casa, todos los días –incluyendo el invierno–, oigo los pájaros cantar cuando despierto. Pero vuelvo a la simple percepción de los animales que nos acompañan y está muy clara la indiferencia y desprecio que viven los animales en cualquier espacio que debemos compartir con ellos. Los hacemos vivir en cautiverio y a la fuerza y los echamos de sus territorios con insistencia, balas y maldad. ¿Será que los hombres cada vez estamos más lejos de querer compartir la tierra que habitamos? ¿Será que la mentalidad de los infames ya es común y natural? No es difícil saberlo.

Esos pájaros que vi, hoy que escribo estas líneas, vuelan en mi memoria como perlas negras que vuelan, vuelan, vuelan…

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