A mis 50 años de fotorreportero: va...
Inicié haciendo noticia, quiero cerrar mi ciclo generando historia.
Aclaro, se me da más el arte visual que el literario.
Corría el año de 1964, el mes no lo recuerdo. Cuando mi padre me dio la gran noticia: “vamos a trabajar en El Diario de Puebla, con don Julián Cacho”. El periódico en ese entonces estaba ubicado en la 4 Sur, esquina con 4 Oriente, anexo a la antigua Cancha de San Pedro, en el patio trasero, junto a los baños; en el clásico tanque de agua estaba ubicado un laboratorio, más bien “cuarto oscuro”, así llamado.
Para mí fue lo mejor que pude tener en mi juventud: un espacio sólo para mí y no la recámara que mi señor padre había adaptado para instalar las cubetas, la caja de revelado de rollos, la amplificadora y para elaborar las fotos de los ágapes sociales que cubríamos. Qué diferencia al cubrir mi primera gira con mi director, don Julián Cacho, en su auto particular: un fairlane, y las del gobernador Merino Fernández en su camioneta Ford, de las primeras en llegar al estado; así se cubrían campañas y giras.
Luego asistí en un autobús a la primera gira presidencial que realizó el presidente Gustavo Díaz Ordaz a su natal Chalchicomula. No existía el Estado Mayor Presidencial; sus guardias eran civiles de la PGR, los llamados pumas; sólo podíamos acercarnos a un metro del presidente sin que nos empujaran, o a codazo limpio y empellones nos arrimaran con la amenaza de “a la siguiente te corremos de las giras presidenciales”. Nos dábamos el lujo de que cuando éramos agredidos por los guardaespaldas no bajábamos en el siguiente evento.
Al darse cuenta, el presidente preguntaba: “¿y los fotógrafos?”. “Están enojados porque empujaron a uno de sus compañeros”. Entonces él ordenaba a sus secretarios darnos una disculpa con la promesa de que no volvería a suceder.
También recuerdo que mi editor era juez de plaza en el Toreo de Puebla y su fotógrafo entraba en su coche al estacionamiento de la plaza; ahí tuve la oportunidad de conocer a Antonio Campos El Imposible, a Joselito Huerta, al gran torero español Manuel Benítez El Cordobés, con la aclaración de que las giras y las corridas las cubríamos de traje y corbata cargando unos flashes de acumulador de ácido súper pesado y cámaras que no tenían óptica intercambiable, eran de lentes fijos; bendito el invento gringo del chaleco para las cuatro estaciones del año. Tampoco puedo olvidar mi bautizo en talleres del diario: me pintaron los pies y manos de tinta, y a gatas me hicieron imprimir mis huellas en la sábana de papel periódico, con la sentencia de que nunca olvidaría el olor a tinta.
El cambio en mi vida de fotógrafo de sociales tomando fotos en las iglesias de bodas, bautizos y comuniones e inmediatamente revelar, imprimir y secarlas para a la salida de la iglesia y venderlas. Ahora tenía un magnífico sueldo de 10 pesos diarios que compartía con mi señor padre, ya que él también cubría por las tardes cuando me iba a la prepa Benito Juárez a estudiar.
Un día, cuando salí de Medicina por la quema del edificio por los estudiantes de Derecho, en San Manuel, mi padre, debido a los problemas, me habló directo y me preguntó: “¿quieres ser médico o reportero gráfico?”. De inmediato le contesté: “fotorreportero”. “Qué bien, sólo quiero que seas el mejor y no un mal médico”, me respondió.
Hasta aquí el inicio.
Ya tenía el gusanillo de escribir un libro. Mi maestro, el primer jefe de edición que conocí en el Miami Herald, Carlos de Peante, italiano, trabajaba para Novedades de México, me regaló su libro de la edición gráfica en los periódicos de América Latina, todo un tratado de fotoperiodismo, muy actual para los años 80. Con planas del Mercurio de Chile o el O Globo de Brasil, todos latinoamericanos, y me dije: “algún día también haré un libro”. Me dio un gran consejo: “primero trabaja, prepárate y después… a hacer historia”.
Con el paso del tiempo me di a la tarea de checar mis archivos de fotografías y me fui encontrando con una época de 1990 que me llamó la atención. No quiero decir que Puebla sea el ombligo del mundo pero sí el laboratorio nacional y les voy a mostrar porqué: la armadora
Volkswagen, asentada a escasos kilómetros del Centro Histórico, originalmente su sindicato fue la CTM de Blas Chumacero; sin embargo, se rebeló y pasó a ser sindicato independiente, motivo que aunque lo llevó a ser el sindicato más avanzado para su época en el ramo automotriz, también lo hizo un mal ejemplo para el sindicalismo oficial, así que la empresa buscó la manera de que perdieran el Contrato Colectivo de Trabajo sin que se notara su mano y los usó, no sin antes golpearlos y echarles el comando canino. A los pocos meses la víctima fue el Suntuap mediante un “golpe de Estado” contra el rector Samuel Malpica Uribe; colateral fue la pérdida del Contrato Colectivo de Trabajo, el más avanzado de la República, superando incluso al de la UNAM. Hubo violencia, lesionados y un muerto: el maestro Cuéllar.
Con el tiempo fueron los sindicatos del IMSS, ISSSTE, Pemex y actualmente el del SNTE, que también tiene lo suyo por ser el más grande de América Latina. Hasta aquí el sindicalismo.
De la 28 de Octubre, una organización que nace al no tener lugares en los mercados accesibles para las marchantas y vendedores al menudeo salió el término de ambulantes por la necesidad de trabajo; también en los años 90 llega a su máximo desarrollo, lo que la convierte en un peligro para el Estado y éste busca su destrucción, cosa que hasta la fecha no logran los políticos del PRI y PAN ni con violencia, agresiones o cárcel para sus líderes.
Sigue el proyecto Angelópolis, un proyecto urbanístico que como desarrollo tenía un gran potencial económico y donde los ejidatarios no tendrían cabida, sólo para la expropiación de sus terrenos; propiedades heredadas desde la época prehispánica y a quienes también a golpes los convencieron de vender. Los líderes naturales, universitarios, ejidatarios y de los partidos de oposición, más los de izquierda, terminaron en una tumba.
Esto motivó el presente libro, con los cambios radicales que sufre Puebla, de levítica a moderna; el Centro Histórico, con un abandono de tres mil casonas en ruinas y la creación de Angelópolis, circundada por el Periférico –dizque Ecológico–, así como grandes y modernos fraccionamientos, algunos ya valuados en dólares.
Un cambio radical de vivienda: no más casonas coloniales con patios, jardines, fuentes y hasta aves exóticas. No más colonias o barrios. Ahora tiendas de convivencia, centros y plazas comerciales quedando en lo desconocido y para las historias urbanas. Los abarrotes, tiendas y changarros, todo sea por la modernidad; los cambios fueron a madrazos.
La fotografía periodística es muy laboriosa; una foto se toma en milésimas de segundo, para lograrla lleva su tiempo. Hay fotos que requieren horas, días, meses y hasta años; a mi memoria llega la espera para tomar la foto, como ejemplo de la llegada del político y diplomático estadunidense Henry Kissinger al aeropuerto de Acapulco. Al inicio de la segunda aplicación, en 1973, me llevó 15 días –con sus noches– lograrla; la salida de la prisión de la artista plástica Sofía Celorio Bassi, de Acapulco, acusada por el homicidio de su esposo: 10 días con sus noches; la caída del helicóptero de Manuel Bartlett, gobernador de Puebla; 30 días de viajes en autobús de la ciudad de Puebla al distrito de Matamoros, con el fin de informar sobre las actividades del comité ciudadano; marchas, plantones, mítines contra su presidente municipal Cruz Dehesa, a quien no querían; estaban con el doctor Miguel Cázares, quien al final negoció su fraude electoral; todo, a la caída del helicóptero, episodio que también terminó a madrazos con detenidos.
Hasta aquí… vaya con Dios…
