
La Quinta Columna
Por: Mario Alberto Mejía / @QuintaMam
Una de las últimas veces que vi a Humberto Aguilar Coronado fue en el restaurante La Casa de los Muñecos del Complejo Cultural Universitario.
Acompañado de dos de sus pocos incondicionales, el autodenominado “Tigre” celebraba que el PRD, vía Agustín Basave, anunciara que no acompañaría la candidatura de Tony Gali a la gubernatura poblana.
No había whisky Chivas Regal 18 años en esa mesa porque eran apenas las 9 de la mañana.
Lo que sí había era una euforia desatada porque, creían ellos, sin la alianza PAN-PRD, la victoria del PRI y su candidata era prácticamente un hecho.
Volví a encontrar a Humberto en el restaurante El Desafuero un par de semanas antes de las elecciones.
Ya no estaba tan eufórico —aunque esa vez sí había Chivas 18—, pero todavía apostaba a que el partidazo se impondría.
Eso comentaba cuando menos con dos operadores priistas que bebían Macallan.
No era la primera vez que Humberto se decantaba por el Revolucionario Institucional.
Lo hizo anteriormente en la elección de 2010.
¿Cómo olvidarlo?
Javier López Zavala necesitaba “orejas” en el equipo de Moreno Valle.
El “panista” Beto Aguilar levantó la mano.
Maletín en mano, llegaron a un acuerdo.
A lo largo de la campaña, Beto filtraba todo sobre el candidato del PAN.
Cuando en el grupo compacto hubo pruebas de su deslealtad, Fernando Manzanilla, a la sazón coordinador de campaña de Moreno Valle, le tendió una trampa.
El día de la elección, como a las tres de la tarde, le mostró una encuesta falsa de Parametría en la que su candidato López Zavala aventajaba por cinco puntos a Moreno Valle.
Apenas pudo, Beto le habló al candidato del PRI y le dijo:
“Estoy hablando con el próximo gobernador de Puebla. ¡Aventaja usted por cinco puntos a Moreno Valle! ¡Vaya preparando su discurso del triunfo!
—¡Gracias, hermano! —le respondió López Zavala y le pidió que le mandara la encuesta.
Beto quiso conseguir una copia de la encuesta fake, pero fue imposible.
Manzanilla lo veía de reojo sin ocultar la risa.
—Ya descubrimos al traidor —le dijo a Moreno Valle—. Es el “Tigre”.
En el war room del PRI ya habían empezado a descorchar la champaña y López Zavala preguntaba cada diez minutos si ya había llegado la encuesta que le iba a mandar Beto.
Cuando el sedicente “Tigre” descubrió el engaño era demasiado tarde: el candidato del PAN había arrasado en las urnas.
Mientras todos celebraban en el Presidente Intercontinental, Beto lloraba su derrota.
Él y Augusta Díaz de Rivera trataban de sonreír para simular una alegría que no tenían.
Por dentro los carcomía un infierno.
Hoy el “traidor” —así lo bautizó Manzanilla— está de regreso.
Pero ahora habla como señora panista —indignada— de El Carmen.
Y se da el lujo de hablar de aquéllos que le dieron la espalda al partido y traicionaron a la militancia.
Fiel a su estilo, también lanza una amenaza:
“El PAN tiene la apuesta muy alta pues ya lleva dos candidaturas al gobierno del estado ganadas. La siguiente no va a ser una candidatura sencilla. Hay otras fuerzas políticas que han emergido en los últimos años y están por supuesto las fisuras internas que afectan el desarrollo del proceso electoral”.
Las “fisuras”.
¿A qué se referirá el priista emboscado?
¿Estará pintando un autorretrato?
Nota Bene: Beto juega a que es entre los panistas poblanos el más cercano a Ricardo Anaya y que su patrón Santiago Creel ya le dijo que él despachará en el Charlie Hall.
En ese sentido, filtró a algunas columnas que no hay nadie como él para aspirar a la Presidencia Municipal de Puebla en 2018.
Beto también hace política de cafetín y se reúne con todos los perdedores posibles para hacerles ver que no hay otro como él para lo que ya viene.
En Puebla se le recuerda porque nunca ganó una elección.
O sí: sólo cuando su odiado Rafael Moreno Valle lo hizo llegar al Senado de la República.
