La Loca de la Familia
Por: Alejandra Gómez Macchia / @negramacchia
Recuerdo que cuando iba a la prepa, los escarceos amoroso requerían mucho más esmero y talento que ahora.
Se necesitaba (en dado caso que el asunto se pusiera muy “hot”) tener cierto nivel de imaginación para conseguir que la víctima cayera en tus encantos.
Tomar fotos en aquel entonces era complicado. Debías tener una cámara a la mano. Un rollo para esa cámara y dinero para ir a revelar el rollo.
Llegando al establecimiento fotográfico, entregabas el rollo y el encargado de revelarlo evidentemente pasaba revista por las imágenes. Por eso digo que era complicado hacerte unas fotos cachondas para regalárselas al galán. Y en dado caso que dispusieras de todos los elementos anteriores, tenías que pasar forzosamente por la mirada escrutadora del chico de la Kodak.
Dar una muestra de tus virtudes estaba más cerca del ingenio que tuvieras con el lenguaje. Podías escribir cartas subidas de tono o hacer una llamada telefónica bajo las sábanas para calentarle el oído al interfecto. Pero llamar por teléfono tenía sus riesgos: era caro, cualquiera que descolgara un aparato alterno en casa podía escucharte, y lo más probable es que tus padres te cacharan haciendo llamadas a horas no aptas.
¿Qué quedaba? El ligue en vivo. Atreverse a intimar “face to face”.
No había telefonía celular. No se podía chatear ni hacer videollamadas. Tenías que seducir en forma al galán. Buscar el tiempo y la manera de no hacerlo vulgar.
En ese tenor, el juego de la seducción guardaba más el encanto.
Sólo si el muchacho era un cretino, iba le contaba a sus amigos que te había visto los pechos o te había tocado una nalga. Si eso sucedía, era bastante incómodo porque al día siguiente serías la comidilla del salón. Pero de ahí no pasaba. Las demás chicas corrían el chisme de que “eras una facilona con celulitis en los muslos”.
La evidencia no existía como tal. Sólo el dicho del poco hombre que iba y contaba su famélica hazaña a los demás puñeteros del colegio.
Los tiempos cambiaron. Llegaron los teléfonos con cámara. Los chats se volvieron la manera de comunicar. Los videos comenzaron a circular…
Cuando uno se enamora o simplemente anda quedando con determinada persona es muy común que (conforme se hace más grande la intimidad) se dé el intercambio de imágenes, primero discretas, luego cada vez más atrevidas.
He ahí donde entra el criterio de cada quien. Donde un galán desvela su barbajanería o su buena educación.
¿Cuántas veces no nos hemos topado en las propias redes sociales, noticias fatales donde fulanita tuvo que irse de la escuela o de plano cambiar de ciudad (o en casos extremos terminar con su vida) porque el recipiendario de sus imágenes provocativas quiso pasar como el donjuán y envió masivamente la “nude” de la noviecita a toda la escuela?
Es lamentable que como sociedad no hayamos alcanzado el grado de apertura y sentido común como para no hacer de este evento una catástrofe.
No he conocido un solo caso donde la chica que haya sido exhibida con su propia selfie desnuda lo pase bien.
El cuerpo femenino sigue siendo condenado por los demás. Sigue ofendiendo a los puros. Mostrarlo, tanto involuntaria como voluntariamente, genera rubor en el mejor de los escenarios. ¿En el peor? Una campaña atroz de bullying que no para hasta que una nueva “nude” aparezca.
Así de retrógradas somos.
Seguimos satanizando al cuerpo desnudo como si de eso dependiera nuestro valor o nuestra inteligencia.
En eso estamos peor que los mismísimos Neandertales… Así que aguas con lo que se manda por internet.
¡Más vale regresar al viejo rito de la gallinita ciega!
