Casi nadie en el pueblo sabe cuándo inició el ritual, aunque los 24 mayordomos de Santiago Xalitzintla, ubicado en las faldas “del cerro que humea”, sólo dicen que se practica desde hace mucho
Por: Mario Galeana / @MarioG24H
Los llaman Don Goyo y Doña Rosita, quizá porque dándoles nombre los humanizan: los hacen bondadosos. Pero en realidad son el Popocatépetl y la Iztaccíhuatl, los gigantes de más de cinco mil metros de altura a los que el pueblo de Santiago Xalitzintla se encomienda cada año para asegurar el futuro de sus cosechas.
Casi nadie en el pueblo sabe cuándo inició el ritual. Los 24 mayordomos de la comunidad sólo atinan a decir que estaba ahí antes de sus abuelos y uno de los dos tiemperos que lideran la tradición cree que data, por lo menos, desde hace un siglo.
A cambio, los pobladores conocen detalles minuciosos del rito. Los claveles que se tienden como ofrenda, por ejemplo, deben ser rojos. Llevar claveles blancos hasta el ombligo del Popocatépetl causaría exactamente lo contrario a lo que se busca: los campos quedarían blancos de granizo y el agua, en cambio, jamás llegaría.
El ombligo del volcán se encuentra en una pequeña oquedad que se forma a los pies de un peñasco a más de cuatro mil metros de altura. Y hasta allí la gente del pueblo ha llevado sus esperanzas. Cargan fruta, mole, cervezas y un traje que se ofrenda al coloso.
Aunque ellos no lo llaman así. Lo llaman Don Goyo. Lo llaman padre.

La vida junto al coloso
A principios de 1994, el volcán Popocatépetl reactivó su actividad. Las autoridades actuaron con firmeza y ordenaron, sin contemplaciones, el desalojo del pueblo más cercano a él: Santiago Xalitzintla, adscrito al municipio de San Nicolás de los Ranchos.
Y las calles quedaron desiertas, ensombrecidas. La gente aceptó la evacuación, pero casi nadie dejó de pensar en lo que quedaba atrás.
Nueve meses antes, Rodrigo de la Cruz Caro se encontraba junto a su compadre, Gilberto, pastando a su ganado muy cerca del ombligo del Popocatépetl. Habían caminado casi 13 kilómetros a través de un sendero bordeado al principio de ocotes, y más tarde de pastizales y ceniza volcánica.
Entre los dientes de ambos titiritaba una piedra jaltete que habían metido en su boca para salivar: estaban muriendo de sed. Con sus últimas fuerzas caminaban hacia la ofrenda que, apenas dos días antes, los mayordomos habían colocado en el ombligo del Popocatépetl.
Al llegar, vieron una cazuela con pollo enchilado, naranjas, cervezas y refresco. La sola vista sació su sed, pues sólo miraron en torno suyo y, sin haber tocado ningún alimento, regresaron con su ganado. La sequedad se había ido. Poco después, Gilberto le preguntó a Rodrigo:
—Oyes’, cabrón, ¿no que íbamos a agarrar algo de tomar?
—Pues sí, pero… ¿qué pasó? ¿Por qué no agarraste tú? —le contestó.
—Pues, porque… ¿y tú, por qué no tomaste nada?
Y ambos rieron, con esa sonrisa nerviosa, tenue, que suelta aquél que se sabe frente a algo que no podría explicarse jamás. Aún hoy, 24 años más tarde, Rodrigo no lo entiende. La saciedad instantánea es, para él, motivo de que algo –quizá magia, quizá fe– bordea el peñasco.
Rodrigo es mayordomo del Santo Patrono Santiago Apóstol, que se festeja con una feria el 25 de julio. Otros 23 santos protegen al pueblo, pero quizá la mayordomía más importante de este martes 2 de mayo (ayer) sea la de Víctor Soto, el encargado de la ofrenda hacia el volcán.
Entre 2 y 3 de mayo, los pobladores de Xalitzintla se dividen para llevar dos cruces y dos ofrendas hasta el Popocatépetl y la Iztaccíhuatl, con el que creen que garantizan las lluvias del año. A veces, reconocen, el ritual debe repetirse un par de veces más.
—Esta cruz la trajeron apenas el año pasado unos migrantes que se fueron para el norte —dice Víctor apuntando hacia el centro del ombligo del primer volcán—. Las cruces protegen al pueblo, como Don Goyo y Doña Rosita.
—¿Cuántos años lleva la tradición?
—Uhhh, desde antes de los abuelitos. Yo desde que era chamaco venía. Esa era nuestra diversión, subir a conocer a Don Goyo. Ya después uno entiende que es para las lluvias. Ahorita, por ejemplo, ya es tarde y no ha llegado bien el agua para la milpa.
En estos meses, los campos de Xalitzintla se llenan de frutos secos: cacahuates, nueces y pistaches. Para agosto, sobre los campos florecen mandarinas, mangos y guayabas. Todo eso me lo dice Víctor poco antes de que un hombre pequeño, muy anciano, arroje cerveza y agua bendita sobre nuestras cabezas.
Es el tiempero: el hombre-mago del pueblo, capaz de tender las nubes sobre nuestras cabezas.

En el camino
Exactamente un minuto después de las 6:30 horas de la mañana suena el primer tañido de las campanas. La casa de Víctor, sin embargo, es ya un auténtico bullicio. Unos 20 hombres y otras 10 mujeres aguardan para subir a dos camiones destartalados de una sola caja. La gente se divide por género y el camino empieza.
Unos 20 minutos después de haber dejado la vivienda del mayordomo, los árboles de ocote y eucalipto cercan el camino. Las ramas acechan por los costados y más de un pasajero recibe, de pronto, el rocío de sus hojas y el ardor de su impacto. Todos van de pie, aferrados a los gastados tablones de los que está hecha la caja.
Tras unas dos horas, el bosque se hace inexpugnable y, con ello, inicia el trayecto a pie. Son otras dos horas y media, quizá tres, en las que la sangre se agolpa en las sienes, en las yemas de los dedos y la garganta. El aire falta y cada bocanada se hace más pesada.
No se puede pensar en otra cosa que no sea lo que sucederá al siguiente paso. Y al siguiente. Es un error tan común mirar hacia arriba y creer que el volcán está más cerca: no lo está. Bajo las botas, los zapatos o los huaraches, se machacan los pastizales, la escarcha y, de pronto, la arena volcánica.
A la mitad del trayecto hacia el ombligo del Popocatépetl, aparece un valle de sombras: no es más que una larga planicie de arena negra y árboles secos. Sin contemplar la altura y la presión, la arena hace casi irrealizable el ascenso: las pisadas se hunden y, a ratos, lo que se intenta no es avanzar, sino por lo menos no retroceder.
Y, de pronto, aparece. Es un alto peñasco con un hueco justo a la mitad. No, no es un alto peñasco con un hueco justo a la mitad: es el ombligo de Don Goyo. La gente se tiende sobre las rocas, prenden fogatas y el tequila blanco corre generosamente. La ceremonia casi inicia.

El hombre de las nubes
El canto del presidente vecinal de la iglesia de Santiago Xalitzintla, Juan, es triste y lento. No parece inmutarse por los cohetes que se lanzan ni por el cuchicheo del resto de los pobladores que ascendieron al ombligo.
—Los primeros pasos… —canta, melancólico. Y, frente a él, frente a la cruz de Don Goyo, Nazario Galicia Lucio, el tiempero, agita una cerveza que arroja sobre las cabezas de todos y, poco más tarde, hace lo mismo pero con agua bendita. Al fondo, el coro siempre es el mismo.
La gente corta sandías y melones que pone al pie de la cruz, donde cuelga el traje que se regala también al Popocatépetl el 12 de marzo, en su cumpleaños, aunque la gente tampoco se explica quién, o bajo qué criterios, se decidió que ese sería el natalicio del volcán.
El tiempero sopla copal hacia el traje y la cruz, mientras algunos rezan, aunque no la mayoría. Con su soplo, el pequeño hombre parece también soltar palabras, murmullos.
—¿Cómo le pide el tiempero al volcán que haya lluvias el resto del año? —le pregunto a Víctor, pero dice que sólo él, el tiempero, lo sabe. La ceremonia termina cuando el presidente vecinal lanza su último rezo y la gente se felicita entre sí.
—Hay muchos pensamientos. Sobre el tiempo y, sobre todo, sobre Don Goyo. Él es una persona joven, de unos 40 o 45 años. Tiene una cara redonda y la barba cerrada, aunque muy bien rasurada. También tiene una gorra de futbol —me contesta Nazario una vez que volvemos al punto donde el paso de los camiones se hace imposible.
Nazario es pequeño, tiene la cara y el cuello llenos de verrugas, y su hablar es recio, un poco lento y suena hondo, como si trajera las palabras de muy lejos.
Según él, a los 19 años descubrió que tenía la capacidad de manipular el clima, es decir, tender el tiempo, siempre que se ofrezca previamente una ofrenda al par de volcanes custodios.
—Yo sólo les doy gracias de que nuestro pueblo tenga qué comer. No les pido jícaras de agua, sino rociadas. Entonces nos cumple, Don Goyo, nuestro padre, nos cumple.
—¿Y Doña Rosita?
—Ahhh, la volcana —exhala, satisfecho—. Ella es amorosa; es una muchachota muy bonita, cariñosa. Ella nos cuida porque es nuestra madre.
Camino a casa, de vuelta al desvencijado camión, la lluvia cae. Y los hijos del volcán se protegen con plásticos rotos, aferrándose a los tablones de madera por el bamboleo del camino, pero felices. El tributo, creen, ha funcionado.
