La Loca de la Familia

Por: Alejandra Gómez Macchia / @negramacchia

 

“Yo, Díaz” es la historia de un oaxaqueño de cuna humilde que, como muchos hombres de aquellos tiempos, se dedicó al oficio de la carpintería y luego al oficio de zapatero para llevar el pan a la mesa de una familia huérfana de padre. Y como muchos de los hombres de ese tiempo, este hombre, cuando aún no era un hombre sino más bien un mozuelo imberbe, vio en el seminario la oportunidad dorada de hacerse de un futuro un poco más prometedor que si se hubiera quedado clavando suelas o resanando sillas.

Es bien sabido por todos que la carrera de cura es una de las carreras más redituables que existen pues se beben los mejores vinos, se tienen los mejores autos y ¿por qué no decirlo?, hasta se acuesta uno con las mejores mujeres. Sin embargo, en la vida de este oaxaqueño de cuna humilde, y debido al espíritu de su tiempo (belicoso y aciago) su destino viró inesperadamente cuando conoció a un sujeto cuyo nombre la historia de este país se ha empeñado en olvidar: un tal Marcos Pérez, quien a su vez invitó a nuestro personaje a tirar la sotana y a entrar al instituto de ciencias, y es ahí donde se topa por primera vez con otro oaxaqueño que ha pasado a la historia no sólo como una estatua memorable sino como un prohombre, como el máximo héroe de nuestro panteón, el así llamado “Benemérito de las Américas”, el famoso y siempre bien ponderado don Benito Juárez García.

Después de este hecho consumado: de abandonar la ruta hacia la sotana y la hipocresía, nuestro personaje: un hombre apuesto, moreno y lleno de vitalidad, entra  casi casi sin querer a engrosar las filas de la rebelión contra todo aquello que su madre creía que era bueno para él. Toma las armas para apoyar el movimiento de Juárez contra las arbitrariedades y la opresión de la iglesia y sus aliados: los así llamados conservadores (que en estos días son el equivalente de la derecha más radical).

Una vez que ese otro oaxaqueño, Benito Juárez, triunfa en su guerra de reforma gracias a personajes olvidados como Marcos Pérez y un corro de masones, el país cae en un bache financiero y se ve acorralado por la deuda externa. Es entonces cuando llegan los franceses para quererse cobrar a lo chino con su gran ejercito híperentrenado. Pero, con lo que no contaban los franceses era que los mexicanos siempre se han caracterizado por ser, de una u otra manera, mañosos para el combate.

Así pues, aparece otro gran personaje muy apreciado en nuestro pueblo: el general Ignacio Zaragoza, a quien se honra cada 5 de mayo con desfiles y coronas. Él, sólo en un grado menor al “Benemérito”, es uno de esos personajes a los que la revolución les hizo justicia inmediata y pasaron a la historia no sólo como calles, fuentes, estatuas y avenidas famosas, sino como los padres de nuestra soberanía.

Pero Zaragoza no hubiera tenido ese éxito abrumador en la campaña sin la presencia de nuestro oaxaqueño ejemplar, el personaje principal del libro que a continuación presentaremos.

A él, a nuestro personaje, la historia le debe también el triunfo de la batalla del 2 de abril que se libró aquí mismo, en esta ciudad custodiada por lo ángeles…

 

Después de los acontecimientos citados, y mientras Juárez soñaba con profiteroles y scargots, y mientras se guarecía en Nuevo Orleans de los balazos y los chingadazos, nuestro personaje tomó la decisión que todo hombre (cuando llega a determinada edad) debe tomar sin que le tiemble la mano: cometió parricidio.

No es que haya ido a vaciarle el plomo a Juárez, quien mezquinamente lo había desconocido y abandonado. ¡No! Hablo, por supuesto, del parricidio freudiano…

Al verse relegado por un padre que vio en el hijo un peligro latente, el hijo no tuvo otra opción que rebelarse y dejar que el venerable anciano coronara su vida con una muerte plácida, antes de que el ambición desmedida cambiara su destino y se convirtiera en un nefasto dictador.

Es en este momento donde los demonios del poder y el embeleso del aplauso empiezan a engendrar al monstruo. Un monstruo que, como todo monstruo, alguna vez fue humano. Un monstruo que enamoró a su sobrina y que vivió un idilio intelectual con la bruja más cachonda y respetada del Istmo de Tehuantepec.

José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, ya veremos durante la lectura de este libro, fue antes que otra cosa un enamorado de su pueblo. Un enamorado de Oaxaca. Un enamorado del México post independentista. Un estratega nato que se vio seducido por la política. El hombre que lloró sus respectivas noches tristes frente a una panda de diputados abyectos y junto a la tumba de sus hijos malogrados. El hombre que como hombre cayó en contradicciones que la “historia oficial” no ha perdonado. El héroe, el tirano. El dictador, el viejo exiliado.

 

En pintura, para que la luz consiga el efecto de una brillantez cegadora, forzosamente debe ir acompañada del negro más negro de la gama cromática. Así pues, la luz no existiría sin la oscuridad, y nuestro personaje está compuesto de esta materia.

“Yo, Díaz” trata, evidentemente, de la vida del oaxaqueño más ambiguo que ha visto pasar Oaxaca, Puebla, Veracruz,  y en general todo el país y todo el mundo.

Pero más que tratarse de la vida, trata de la muerte de este hombre. De la muerte y su antesala: la dulce-amarga melancolía.

Lleno de muerte y de fantasmas está este libro escrito por Pedro J. Fernández.

Y, ¿quién es este señor? ¿Por qué escribe un libro entrañable sobre un héroe vilipendiado si lo suyo es la computación y la electrónica?

Según los expertos (esos expertos de los que nunca se conoce el nombre, pero son expertos porque el internet lo dice) según ellos, las personas nacidas entre 1982 y 1995 pertenecemos a una de las generaciones más apáticas que han pasado por la tierra: los famosos Millennials.

Viendo su biografía, me entero que Pedro J. Fernández nació en 1986, lo que lo convierte inmediatamente en un Millennial autorizado.

Después de los Baby Boomers y la terrorífica Generación X; con sus Ataris, sus Nirvanas, sus Guns n Roses  y sus Converse, el mundo dio paso a los Millennials… ¡que no sabíamos que éramos millenials hasta hace poco!

Es curioso ver que un Millennial escriba, y escriba bien. Es más: es curioso que un Millennial piense. Pero es más curioso aún que el Millennial se apasione por un personaje histórico de la complejidad de Díaz.

Vivimos una época donde el pensamiento e inclusive el tiempo (inconjugable en sí) ha sido desafiado por la cibernética. Y es en ese mundillo virtual donde, un buen día, el espíritu chocarrero de don Porfirio volvió a aparecer.

La cuenta de Twitter @DonPorfirioDíaz, creada por nuestro autor, tenía hasta hace unas horas 188,112 seguidores.

¿Imaginan que el propio Díaz hubiera tenido esa cantidad de “pelados” (como el los llamaba) cuando armó su ejército de oriente?

Desde esa cuenta, don Porfirio hace una transportación de sentencias que siguen vigentes en esta sociedad apelmazada y que ¡tan poco ha aprendido de su pasado!

 

Me gustaría citar un fragmento de “Yo, Díaz”, que retrata a la perfección al mexicano por el cual Porfirio Díaz traicionó sus ideales anti-reeleccionistas. Por esta clase de mexicano, desprovisto de voluntad y criterio, Díaz abrazó más de 30 años el poder y se puso en el papel de padre tirano…

 

“Los mexicanos están contentos con comer desordenadamente antojitos, levantarse tarde, ser empleados públicos con padrinos de influencia, asistir a su trabajo sin puntualidad, enfermarse con frecuencia y obtener locencias con goce de sueldo; no faltar a las corridas de toros, divertirse sin cesar, tener la decoración de las instituciones mejor que las instituciones sin decoración, casarse muy jóvenes y tener hijos a pasto, gastar más de lo que ganan y endrogarse con los usureros para hacer posadas y fiestas. Los padres de familia que tienen muchos hijos son los más fieles servidores del gobierno por su miedo a la miseria; a eso es a lo que le tienen miedo los mexicanos de las clases directivas: a la miseria, no a la opresión, no al servilismo, no a la tiranía; a la falta de pan, de casa y de vestido, y a la dura necesidad de no comer o sacrificar su pereza.

Siempre han sido así; siempre serán así”.

 

Detrás de ese Díaz 2.0 está este joven que decidió romper con la monotonía del clásico millennial y se puso a escribir una biografía del personaje que encarna.

Para los escritores profesionales y los historiadores encumbrados, Díaz ha sido un personaje fascinante.

En la escena literaria mexicana han publicado muchos libros sobre el gran dictador. Libros a favor y en contra: libros con impecables prosas. Libros con prosas limitadas. Novelas, ensayos y algunos cuentos.

Recuerdo ahora, rápidamente, desde mi condición inmediata de millenial, Pobre Patria Mía de nuestro paisano Pedro Ángel Palou. Porfirio Díaz, la guerra, de Carlos Tello Díaz. El último Brindis de don Porfirio, del extinto Tovar y de teresa. Exilios: retrato de familia de Carlos Tello Díaz. Porfirio Díaz, místico de la autoridad, de Enrique Krauze, entre otros muchos…

 

La finalidad de presentar un libro es, esencialmente, que el libro se dé a conocer y que el público que llega a la presentación; un público lector o no lector, compre, y sobre todo lea el libro. Para eso estamos aquí los así llamados presentadores: no para adular al autor, no para hablar de nosotros mismos, no para salir en la selfie con Palafoxiana al fondo, ni tampoco para beber gratis una copa de vino en el coctel.

Este libro es un buen documento por varias razones: en primer lugar, porque está escrito desde la primera persona del singular, lo que crea en el lector la fantasía de estar metido en la piel del personaje.

Por momentos los fantasmas y los cadáveres en el closet de Díaz aparecen en contrapunto hablándole al oído en su lecho de muerte; esto genera en el lector otro fenómeno interesante: la sensación de ocupar el lugar del verdugo.

Recordemos que YO, DÍAZ es una novela, y como tal, como obra de ficción, la imaginación del autor hace de las suyas en ciertos momentos.

En mi experiencia personal, puedo decir que abrí el libro y de inmediato me transporté a Oaxaca. A la Oaxaca que hasta la fecha alberga el ánimo y el espíritu de hombres y mujeres rebeldes y contestatarios, nacionalistas (quizás) en grado superlativo.

La Oaxaca de Díaz no es muy diferente a la Oaxaca de Toledo y Harp Helú… ejemplares, ambos, de la tozudez y ¿por qué no? de la  tiranía que los líderes ejercen para no soltar jamás el poder.

Esa tiranía, viéndola desde una perspectiva no moral, ha dado resultados antes y después, ya que Oaxaca es hasta la fecha una de las ciudades que, por ejemplo, reciben la mayor cantidad de gringos consumidores de mezcal y huipiles, pero no ha dejado entrar a Mc donalds en su imponente centro.

Igualmente, recorrer las páginas de YO, DÍAZ, es una suerte de yuxtaposición de imágenes que se empatan con el presente.

Como habitantes de este siglo, hoy transitamos por un país moderno, y esa modernidad no se hubiera dado si la historia hubiera tenido una tangente, y Díaz hubiera soltado el poder después de poner a su compadrito Manuel González en la presidencia.

Sin el “Porfiriato”, esta generación que tanto ama la Condesa y Polanquito, no podría beber ni sentarse en bellos establecimientos adaptados en casas Art Nouveau. Y nuestros abuelos tampoco hubieran podido recorrer kilómetros en esos trenes maravillosos que los cretinos que gobernaron este país en las últimas décadas ha desaparecido.

Sin Díaz, la peste a meados del centro histórico de la ciudad de México sería insoportable… no olvidemos que fue él quien impulsó las obras del desagüe.

Las artes florecieron gracias a que Porfirio Díaz se casó con una niña aburguesada que jamás lo cuestionaba, le hablaba de usted, y que dándole siempre por su lado con sutileza cumplió su capricho de que, por un momento, México se pareciera un poco al París de sus ensoñaciones.

Díaz trajo el teléfono, el cinematógrafo y mandó a construir el Palacio de Bellas Artes (que nunca vio terminado).

Las casas más bonitas que los poblanos presumen a sus visitantes se hicieron gracias ese elitismo repulsivo que condenó a Díaz a figurar como un opresor y como un protopriista que injertó el cuatachismo en la política mexicana.

Todo esto nos los recuerda puntualmente Pedro J. Fernández en su libro.

¿Que Díaz gobernó para las élites? ¿Qué se olvidó del pueblo, de los pobres y las minorías?

Lo hizo. Pero, ¿acaso ha existido en el mundo un gobierno o una forma de gobierno que haya podido satisfacer las necesidades de todos?

 

Este libro es en realidad un rapto nostálgico que narra el instante en el que el oaxaqueño que cambió el calzón de manta por la cosmética de los polvos de arroz puso un pie en el Ypiranga, sintiéndose un bufón perfectamente ataviado con su traje militar constelado en medallas.

Ese instante, en la noche jarocha, inauguró la decrepitud del héroe. El momento en el que comenzaron las verdaderas tribulaciones de un hombre enfermo de poder que vivió sus últimos días entre la danza macabra de los “hubiera”.

 

 

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