Figuraciones Mías 

Por: Neftalí Coria

 

Refiere el muy sabio Alberto Manguel, las dos famosas declaraciones que hicieran Francis Esmenard, presidente de la editorial comercial “Alvin Michel”, una de las más grandes de Francia y Antoine Gallimard, dueño de la firma legendaria en el mundo editorial que lleva su apellido. Ambas declaraciones aparecieron en Le Monde en 23 de marzo de 2007 durante el “Salon du livre de París”. El primer empresario declaró: “Hay demasiadas editoriales pequeñas que tienen atiborradas de libros nuestras librerías”. Y en la misma línea –como si se hubieran puesto de acuerdo–, Antoine Gallimard espetó, refiriéndose a las editoriales pequeñas que: “son responsables de los excedentes de la producción de libros”. Históricas declaraciones de aquellos dueños de los dos monstruos editoriales, pero también reveladoras y que nos advierten la voracidad irracional de los poderosos en el mundo comercial y libresco.

Manguel ante ese par de joyas del disparate provocado por la muy común ceguera de la abundancia, el escritor argentino–canadiense, se acuerda de una leyenda mauritana, en la que como muchas leyendas africanas, la comida es parte importante de su narrativa. La contaré como la recuerdo que el autor de “Lecturas sobre la lectura” la narró justo en este libro que menciono: Y dice que cierta vez, los dodos se dieron cuenta que en una isla, donde habitan los herrerillos (pájaros pequeños, coloridos, ágiles y de trino dulce), se daban unas calabazas grandes, deliciosas, en gran cantidad. Así que construyeron una balsa para llegar a la isla y a su llegada, en efecto, allí estaban las apetecidas calabazas. Los dodos glotones, tragaron y tragaron calabaza, pero no sólo eso, sino que pisotearon las moras y granos de los que los herrerillos se alimentaban. Poco tiempo después, se acabaron las calabazas, y panzones, decidieron irse de la isla con las barrigas arrastrando. Cuando subieron a la balsa y zarparon, de inmediato notaron que en la cubierta, se les metía el agua. Y uno de los dodos reconoció que habían comido mucho y por el sobrepeso estaban hundiéndose. A lo que otro de los dodos viejos, vio que en el mástil a una herrerillo con una mora en el pico y exclamó con furia:

–Allí está el culpable –dijo señalando al herrerillo–, es muy pesado para la balsa, no hay espacio para todos ¡Desháganse de él de inmediato!

Y los demás dieron brincos y brincos para asustar al herrerillo, el cual voló sin inmutarse hacia la isla y la balsa de los dodos se hundió irremediablemente. Y desde entonces se extinguieron los dodos.

Nada más claro en el símil, con respecto a lo que se arrojan en las declaraciones, proferidas por los dodos editoriales franceses. Sus declaraciones fueron los primeros brincos en la balsa y puede que los herrerillos editoriales, vuelen sin inmutarse hacia un lugar seguro.

Ejemplar panorama para comprender el mundo editorial del presente en Francia, Argentina, España o México. El trabajo editorial –sometido por el comercio del libro–, ha perdido el valor de las funciones elementales que de manera central debe tener, que son las de llevar a las manos del lector un buen libro, sin la premisa de saber si se vende o no. Los editores (en literatura), están más preocupados por las ventas de los libros, que por la calidad verdadera de las obras que deben publicar por conocimiento y calidad de la literatura y penosamente, muchos escritores ya lo llegan a ver como algo que “debe ser así”. Y en esa pérdida de valor, un editor puede ser cualquiera que sepa lo mínimo de tan respetable oficio, y los dictaminadores, suelen ser autores de novelitas vendibles y vendidas (como todo, con sus excepciones, claro).

Los comerciantes de libros baratos, han reemplazado a los verdaderos editores que son los que ayudan a mejorar los contenidos –si es que el libro lo necesita–, mientras que los otros, saben qué cosa compran los compradores y no los lectores. El trabajo de un verdadero editor, es darle un libro brillante, luminoso al lector. Un libro en el que se pueda leer una novela, una colección de cuentos o una compilación de poemas o ensayos y donde quien lea, pueda conectarse con el autor, por eso creo que un editor, es el vínculo secreto entre el autor y el lector es quien les facilita el encuentro, porque el editor nunca se nota y esa es una de sus virtudes. Un buen editor es un ser casi fantasmal que conoce como lector, el campo de todo lo que ha leído y llega a conocer la respiración de cada una de las obras que edita.

Pero volvamos a la parábola de los dodos y los herrerillos. Los dos representantes de las dos empresas en cuestión, perdieron de vista toda proporción y desdeñaron a las pequeñas editoriales, igual que lo hacen las grandes marcas en México. Sin embargo, las pequeñas editoriales –muchas veces–, publican obras de mucha mayor calidad que esos monstruos, y ojalá de verdad, como dicen el señor Francis Esmenard y Antoaine Gallimard, fueran las culpables de la sobreproducción de libros en las estanterías de un país. Lo que a esas marcas gigantes les falta, es tomar medida de sus enormes panzas, cosa que es imposible, porque con esa glotonería, la gran panza ya no les permite verse los pies, es decir sus raíces y volver a valorar su tiempo y esa gran cantidad de talento que se queda fuera de sus catálogos. º

 

 

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