Bitácora

Por Pascal Beltrán del Río

WASHINGTON, DC.- Viví en esta ciudad, de 1994 a 1999, como corresponsal de un medio mexicano. Memoricé sus calles, sus parques, sus librerías, sus cines, sus cafés, sus restaurantes.

He regresado, de visita, unas 10 veces en los últimos tres lustros. Y ha sido agradable encontrar que la tienda que vende periódicos sigue ahí, igual que el lugar donde compraba mi café.

No soy dado a la nostalgia, pero lo admito: hay algo reconfortante en los ambientes que me son familiares. Al fin y al cabo, como describió Charles Dickens en Tiempos difíciles, los seres humanos somos animales de costumbres.

Esta vez no me costó mucho darme cuenta de que algo había cambiado drásticamente en Washington desde la última vez que estuve. Y lo más seguro es que no sea sólo cosa de la capital estadunidense, sino de todo el país.

Me ha tocado vivir aquí muchas campañas electorales, algunas de las cuales han tenido una alta dosis de polarización, como se puede esperar de un sistema bipartidista. Sin embargo, las elecciones estadunidenses acababan generando algún tipo de consenso. Hace ocho años, lo fue la idea de que para curar la herida que había dejado el racismo era necesario que un hombre negro se instalara en la Casa Blanca.

Y también que la intervención armada en Afganistán e Irak había llegado a una calle sin salida y que debía ponerse un alto a la avaricia de quienes habían acumulado grandes sumas sin producir nada.

Hace ocho años, millones de estadunidenses salieron a las calles a celebrar ese “cambio” prometido. La elección de Barack Obama fue interpretada como un cambio de época. Me entristece decir que la enorme mayoría de las grandes expectativas que se forjaron en torno de su llegada al poder no se cumplieron. Quizá nada ilustra mejor esa decepción que la página de internet que contabiliza las rondas de golf que el Presidente ha jugado y que le han valido el mote de “golfer in chief”.

Caminé ayer por el barrio donde viví por cuatro años, cerca del campus de la American University, y encontré muy pocas casas con los letreros que los estadunidenses suelen colocar en su jardín en tiempos electorales. Me imagino que eso es por el miedo a lo que puedan hacer o decir sus vecinos y los transeúntes.

En las calles del centro de la ciudad, el único candidato presidencial que se promueve es el catedrático Laurence Kotlikoff –un economista que es coautor de un modelo para estudiar el comportamiento de la economía en las transiciones demográficas– cuyo lema de campaña es una parodia del de Donald Trump: “Let’s make America sane again” (devolvamos la cordura a Estados Unidos). No sé si la frase sea efectista, pero tiene algo de cierto: la confrontación política en este país ha descendido a niveles que amenazan con convertir a la democracia estadunidense en un ente irreconocible.

Qué paradójico que el corolario de la Presidencia de Obama dé lugar a un incremento de las tensiones raciales, como si millones de estadunidenses hubiesen vivido estos ocho años como un agravio en lugar de como una reconciliación.

Ojalá que los insultos racistas que hemos leído en las redes contra periodistas judíos y migrantes musulmanes fuesen sólo el arrebato de trolls anónimos, pero no parece ser así.

Qué paradójico, también, que Hillary Clinton, la mujer que vivió uno de los momentos estelares del arranque de su carrera política en el comité congresional para investigar el caso Watergate, esté ahora señalada por obstruir la justicia con la destrucción de evidencias, algo que ni el defenestrado Richard Nixon se atrevió a hacer.

Es triste lo que se ha vivido en esta campaña, aunque probablemente no había de otra, con la nominación, por parte de los dos principales partidos, de un par de candidatos –Clinton y Trump– que generan tanto odio entre sus respectivos adversarios. Y qué peligroso es el futuro que se asoma. Porque el martes se contarán los votos y la contienda electoral quedará atrás, pero la confrontación estará muy lejos de haber terminado.

Hay que hacerse esta pregunta: ¿Cómo gobernará quien resulte ganador? Y, junto con ella, cuestionarse qué pasará en el resto del mundo si se pierde el faro que Estados Unidos –la potencia hegemónica– ha sido para la democracia y el periodismo, cuyos valores han sido arrastrados aquí por el fango en el último año y medio.

 

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