La nueva dirigencia del Partido Acción Nacional en Puebla, encabezada por Augusta Valentina Díaz de Rivera y Marcos Castro, comenzará el 2022 con un conjunto de impostergables que la pondrán a prueba para decisiones futuras.

Una de ellas, imprescindible, la de deponer de la coordinación de la bancada de su partido en el LVI Legislatura a Eduardo Alcántara Montiel, dotado de capacidades políticas pero con la mácula imborrable de quien lo convirtió en súper asesor en el Comité Estatal de Genoveva Huerta Villegas, la derrotada aspirante a la reelección que terminó por refugiarse en la diputación plurinominal que recibió del impresentable Marko Cortés.

Hay algo peor que el sello vinculatorio con Huerta Villegas: Alcántara Montiel y diputadas y diputados del PAN que votaron en la última sesión del año para evitar que ediles correligionarios en Puebla y los Cholulas tuvieran acceso al cobro del Derecho de Alumbrado Público (DAP), son estertor de un pasado impositivo y cleptocrático del que panistas de bien han renegado siempre.

Basta repasar los testimonios de los exdirigentes del PAN que la Parabólica citó en cuatro entregas previo al aniversario luctuoso que marcó la crisis política de 2018 (https://parabolica.mx/2021/columnas/parabolica/item/14255-tres-anos-sin-moreno-valle-de-la-toxicidad-del-poder-a-la-sumision-i) bajo el título: “Tres años sin Moreno Valle: de la toxicidad del poder a la sumisión” y que formaron parte de un prolijo documento que nunca vio la luz pública, por una lectura política que tendría altas facturas cuando ese partido era gobierno y aspiraba a perpetuarse en el poder.

Y es que si la votación mayoritaria de noviembre 2021 y el proceso de calificación y validación terminó con lo que parecía el último bastión del grupo político de quien el 24 de diciembre cumplió tres años de fallecido, Rafael Moreno Valle Rosas, y el imputado de diversos delitos, Eukid Castañón, el grupo legislativo que castigó a sus correligionarios con el voto del desprecio político son ínsula purulenta de ese pasado.

En la campaña política de 2010, el entonces candidato a la gubernatura del PAN que fue cobijado también por otros partidos políticos, Rafael Moreno Valle, recorrió el estado con una oferta de campaña que resultó hueca e insostenible: “abre los ojos, lo mejor está por venir”.

Desde el punto de vista de la mercadotecnia y comunicación política funcionó, pero la mayoría de los votantes abrió los ojos tarde y lo mejor no llegó, salvo para un conjunto de empresarios rapaces y aquellos servidores públicos que se añadieron el grueso de los nuevos ricos, signo característico de los regímenes del PAN y PRI.

La cita es definitoria ante el facilismo con el que suele conducirse ese grupo, emisario de un pasado notoriamente rebasado por la nueva realidad política: la diputada Mónica Rodríguez Della Vecchia, con el engañoso discurso de la economía familiar.

Fustigó desde la tribuna a los ediles de su partido por una notoria disputa política, sobre todo Eduardo Rivera, de la capital, el principal activo el principal activo que tiene el PAN rumbo a 2024.

No sólo Augusta Díaz de Rivera y Marcos Castro deberán resolver el dique legislativo, sino evitar la existencia de una coordinación bicéfala, como sucedió en el periodo dificultoso de la diputada plurinominal, que desde el silencioso anonimato de una curul de 500 en San Lázaro espera paciente para dar el salto definitivo.

 

@FerMadonadoMX

parabolica.mx escribe Fernando Maldonado