24 Horas Puebla

La foto de Ignacio Mier Bañuelos, Julio Huerta y Andrés Villegas —publicada ayer en casi todos los medios locales— es el cierre de los nuevos símbolos que se respiran en la entidad.

Los tres sonrientes. Los tres abrazados.

El hijo del aspirante a la gubernatura Ignacio Mier y a su lado el adversario de su padre y, del otro, el operador de Julio Huerta en Gobernación, Andrés Villegas.

Diría un clásico de la televisión “¡qué bonita familia, qué bonita familia!”.

Hasta hace no mucho tiempo, a Mier Bañuelos le acercaron el fuego en la prensa por el terrible asesinato de unos ministeriales a manos de su policía municipal allá en Tecamachalco. Esa situación tensó mucho las relaciones entre Miguel Barbosa y el líder de los diputados morenistas en San Lázaro.

La interpretación del pacto entre Mier Bañuelos y Julio Huerta es que ya no habrá guerra sucia ni golpes bajos dirigidos desde Casa Aguayo, como en el pasado barbosista. Y que del equipo de los Mier tampoco habrá piquetes de ojos ni patadas en las espinillas.

Se negoció la paz.

En sí, nadie entendió realmente por qué Ignacio Mier Velasco y Miguel Barbosa Huerta nunca pudieron transitar.

Hasta donde se sabía es que al inicio del gobierno de Barbosa había una relación medianamente sana; cuando a Nacho lo nombraron coordinador de los diputados en San Lázaro, en sustitución de Mario Delgado, de pronto se cerró de un portazo Casa Aguayo.

Esa situación la aprovechó muy bien el primo de Nacho Mier, el senador Alejandro Armenta, para llevarle los papeles de la Operación Angelópolis a Miguel Barbosa. Ya hace casi un año de todo ese incidente, por cierto.

Mier Velasco soportó toda una andanada de documentos y golpes bajos. A quien se le viera cercano a él se le colocaba una estrella de David en el hombro y se le mandaba al gueto.

Desde el podio de la mañanera poblana se dictaba con ajos y cebollas la política poblana y se decía: “el que no esté conmigo, está contra mí”.

Así fue el caso de Mier: en público casi nadie se le acercaba para evitar ser exhibido en alguna columna política o ser despedido de la administración estatal.

La supervivencia humana obligaba a una respuesta de pegarse a la pared y llevar la “fiesta en paz”. Nadie quería pleitos y menos con el gobernador poblano por lo que era mejor “flotar” y dejarse llevar por las aguas turbulentas.

Hay que decirlo tal como es: el llamado barbosismo era un muy pequeño grupo de personajes que estaban alrededor del exgobernador. Era solo un discurso publicitario que funcionó. Aunque hay que reconocer que sí se creó una estructura en Morena que ahora mueve Julio Huerta y Andrés Villegas.

El barbosismo fue un grupo no mayor a cuatro personas. Los demás eran sus empleados y a los que mejor les iba eran aliados.

En era salomónica se respiran nuevos aires.

No hay que ser ingenuos, pues la reunión entre Huerta, Villegas y el alcalde de Tecamachalco fue propiciada por el propio Sergio Salomón Céspedes quien extendió su mano a todos los grupos desde que llegó al poder.

 

 

@eljovenzeus