Desde las antípodas presenciamos el primero debate presidencial y más allá de resultar evidente que los debates sólo ahondan nuestros propios sesgos cognitivos, otro jugador en el terreno, fueron el uso de las encuestas.

Vivimos tiempos electorales donde las encuestas se encuentran a la orden del día, sin embargo, nos resulta fundamental rescatar que éstas tienen tres grandes funciones.

Entender al mundo, proporcionar insumos para estrategias políticas y servir de pronóstico electoral.

De manera lamentable, actualmente predomina más la tercera función. Y es que las encuestas en tiempos electorales están sujetas a intereses, la mayoría de las veces poco claros. A la par, también es cierto que existe un desprestigio de la técnica en las mismas.

Un día después del debate presidencial, ni bien culminaba éste, en el ágora digital aparecían múltiples resultados que daban como ganador ya sea a Jorge Álvarez Máynez, Xóchitl Gálvez o a Claudia Sheinbaum.

A la práctica, resulta evidente que las encuestas electorales se han convertido en un instrumento para legitimar y construir narrativas en torno a vencedores o perdedores.

También como instrumentos de desinformación. Bajo el halo de ser científicas y objetivas, son utilizadas sin ton ni son. Flaco favor le hacen al gremio al respecto.

Quizás también valga la pena considerar el nivel de sanciones que pueda tener a la práctica, es decir, si a un médico se le sanciona cuando comete un error médico, ¿por qué no hay una sanción para una encuesta cuando se demuestre que ésta miente deliberadamente?

Por ello, una cosa que tendrían que hacer los encuestadores es transparentar quién los financia. Dejar de manera clara a qué intereses sirven, para así generar un poco más de credibilidad.

Queda claro, sin embargo, que no necesitamos menos encuestas, sino más de ellas, pero de mejor calidad, aplicables a otros ámbitos y espectros más allá de la arena electoral.

Por ello, es importante rescatar la labor social de éstas, porque su función más útil es la de comprender el mundo en que habitamos.

Desde la perspectiva social, pueden medir el humor social y ayudar a crear mejores políticas públicas.

Por ejemplo, el cómo, a partir de la información, se pueden desarrollar mejores políticas públicas.

Hacen falta más tanques de pensamiento, más centros de opinión pública.

Un avance podría ser voltear la mirada a las Universidades Públicas, quienes de acuerdo con la ENCIG 2023, gozan de un 78.7% de confianza en México.

Por tanto, se requiere afinar los incentivos y pensar en un mejor uso para las encuestas en aras de comprender de una mejor manera a la opinión pública en México.

Más encuestas, pero de mejor calidad y para mejores fines, fines, en esencia sociales.

Por: José Ojeda Bustamante

@ojedapepe

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