Las cámaras empresariales dispusieron todo para que Enrique Cárdenas, el candidato del PAN que reniega del PAN, tuviera una noche sencilla; incluso, el equipo de camarógrafos convirtió su participación final en un comercial.
Por: Mario Galeana
Si un árbol cae en medio del bosque y nadie está cerca para escucharlo, ¿hace algún sonido? ¿Lo harían, acaso, dos candidatos que sólo batallan para tratar de no quedar en el último lugar de una elección?
Las cámaras empresariales del estado lo hicieron. Reunieron al segundo y al tercer lugar de la contienda para simular un debate estilo talk show, con tres o cuatro grúas para cámaras, dos presentadores convertidos en amables sonrisas, y una silla vacía a la que se enfocaba a la menor oportunidad. Era la silla de Miguel Barbosa: la ausencia que terminó protagonizando el espectáculo.
Toda aquella parafernalia parecía guardar una sola pregunta: ¿Quién quiere que sea el candidato menos votado en la elección? Alberto Jiménez Merino, candidato del PRI, pareció esforzarse en ocupar de lleno aquel sitio.
Fue un caso bastante trágico. Jiménez no podía hacer dos afirmaciones sin bajar la vista a la libreta que cargó a lo largo de dos horas de debate. A ratos, apretaba aquellas hojas convertidas en acordeón como si en ello se le fuera la vida. Cuando intentaba alzar la vista las palabras salían atropelladas, perdidas en la boca un orador que acudió a la cita sólo para cantinflear lugares comunes.
Delegó su mensaje más significativo para su despedida, que estuvo dedicado completamente a Barbosa: “Hay quienes prometen hacer historia, pero son esto: una silla vacía”. Lo acusó de deshonesto y de crispar el ánimo de la sociedad por un año entero. El cierre de una actuación patética de inicio a fin llegó cuando dijo, solemne, que estaba ahí, de pie, mirándonos a los ojos, cuando en realidad tenía los ojos hundidos en dos hojas recién arrancadas.
Con ese punto de referencia, las cámaras empresariales dispusieron todo para que Enrique Cárdenas Sánchez, el candidato del PAN que reniega del PAN, tuviera una noche sencilla. Incluso el equipo de camarógrafos convirtió su participación final en un comercial: él, en close up, diciendo que “Puebla y México están en juego” este 2 de junio y que “nos quieren hacer creer que esta elección está definida”.
Un extraño tic entre el cuello y la espalda se activaba en Cárdenas después de cada dos palabras que decía. Cuando no llevaba los lentes puestos jugueteaba con ellos en las manos, feliz de estar tan cómodo en un espectáculo dispuesto para él.
El debate se dividió en dos paneles. Uno estaba integrado por cinco académicos obsequiosos con el candidato del PAN –que en dos ocasiones corrigió a los presentadores para decir que era un candidato ciudadano arropado por tres partidos– y otra por representantes de organizaciones y de universidades.
Era, en realidad, un grupo de 27 ciudadanos en posibilidad de preguntarle algo a Cárdenas y a Merino. Las preguntas se definieron por sorteo. De una quincena de preguntas, en la mayoría salían sorteados sólo estudiantes de la UPAEP e, incluso, la presidenta del Frente Nacional por la Familia.
Aquel sorteo parecía arrojar una conclusión: la ultraderecha había organizado un debate sobre sus propios intereses. Más tarde, de aquel azar salió sorteada una académica de la UVM, un estudiante de la Madero y otros desconocidos.
Desde que supieron que Barbosa no asistiría, los empresarios decidieron que remarcarían lo obvio. Los presentadores convertidos en amables sonrisas mutaban a muecas tristes cuando recordaban la ausencia del candidato puntero, mientras que las cámaras enfocaban a su silla vacía. Aquel encuadre revelaba a Gustavo A. de Hoyos y a Fernando Treviño, de la Coparmex, desparramados en su silla.
Así, con una cara lánguida, los equipos de ambos candidatos miraban el debate en una sala adyacente, fuera de aquel salón convertido en foro de televisión.
Y, muy lejano, alguien juraba haber escuchado el crujir de la rama de un árbol desplomándose.
