GERARDO GUTIÉRREZ

Es natural que el anuncio de la posibilidad de explotar nuestras reservas de hidrocarburos no convencionales –el desarrollo de una industria de fracking– haya despertado tanto interés. A pesar de los obstáculos y limitaciones, como opinó la especialista en energía Miriam Grunstein, pudiera verse como un “grito de independencia” respecto al anterior Gobierno, al menos en la política energética.

No sólo se trata de superar el veto retórico y de facto contra esta tecnología del sexenio pasado. Da pie a una esperanza de liberación de lastres ideológicos que nos han hecho perder muchos años, y es especialmente oportuna cuando se amontonan señales de debacle en Pemex, ahora con el caos en su conducción evidenciado por el escándalo del derrame en el Golfo. 

En gas natural, hoy por hoy la fuente clave para la generación eléctrica y la industria, tres cuartas partes del que usamos viene de Estados Unidos, con 80% de ese total proveniente de Texas. Son datos de la propia Estrategia para Fortalecer la Soberanía Energética, donde se introduce la reconsideración del fracking y se sostiene el énfasis en la soberanía, pero con viraje realista.

El fracking no es la panacea. Incluso resulta debatible si es viable y conveniente apostar por él, dadas las circunstancias del país y también las de la industria del ramo en Estados Unidos. 

Allá sí se habla de una revolución energética gracias a esta técnica para extraer gas natural y petróleo atrapados en formaciones rocosas de muy baja permeabilidad –lutitas (shale)–, con perforación horizontal e inyección de agua, arena y químicos para fracturar y liberar los hidrocarburos. 

Con despegue hacia el 2010, nuestro vecino se convirtió en el mayor productor mundial, pasando de un saldo deficitario a ser exportador neto. Y esta historia ha tenido lugar literalmente a unos pasos de la frontera. Su cuenca más productiva –Permian– está entre Texas y Nuevo México y compartimos con los texanos la de Eagle Ford, de gran pujanza. Tiene fundamento la visión del Gobierno.  

De hecho, ya somos beneficiarios de este boom. Tenemos acceso al gas natural más barato del mundo, que nos llega sin fricciones a través de una amplia red de gasoductos. Los precios que pagamos por millón de Unidades Térmicas Británicas (BTU) oscilan entre tres y cuatro dólares. En Europa o en Asia, superan frecuentemente los 10 dólares y llegan a 15 o más.

Eso es muy bueno, pero también ahí está el meollo del dilema sobre la idoneidad del desarrollo del fracking en México. No sólo hay que evaluar la parte medioambiental. Para muchos analistas, la cuestión no es que podamos hacerlo, sino si conviene: un problema de lógica económica.

David Shields, experto en petróleo, lo ha explicado así de claro: dado que es prácticamente imposible igualar la competitividad estadounidense en el sector al menos a mediano plazo, ¿tiene sentido producir caro cuando puedes comprarles tan barato?

Pemex no tiene experiencia en este campo, así que se requeriría de la participación de empresas especializadas extranjeras. Sin embargo, como señala Shields, si ya están operando en Estados Unidos con condiciones óptimas de riesgo, costo y rentabilidad, amplias reservas y una cadena de valor bastante desarrollada de servicios y logística, México tendría que ofrecer mucho más que un modelo contractual atractivo. Se necesita un marco robusto de regulación, criterios técnicos, infraestructura, certidumbre jurídica, pero no lo tenemos. Habría que hacer cambios importantes. 

No todos los analistas piensan que el fracking en México es una apuesta temeraria. El recurso ahí está. Tenemos una de las mayores reservas prospectivas de gas no convencional del mundo. Siguiendo la estrategia gubernamental, principalmente en dos cuencas en la frontera, entre Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, y otra muy importante entre Veracruz, San Luis Potosí, Hidalgo y Puebla. Se proyecta que, con ese aporte, en 10 años podríamos pasar de producir 2.3 mil millones de pies cúbicos diarios a 8.6 mil millones, 260% de aumento. 

¿Es factible? Si se encuentra una fórmula que haga sentido económico con un modelo socioambiental sustentable, lo es, pero analistas calculan que, en función de la dinámica del fracking, se requeriría, cada año, perforar unos tres mil pozos e inversiones por más de 35 mil millones de dólares. 

Difícil, pero sin duda valdría la pena. Depende de que estemos dispuestos, como nación, a sacar de la caja ideológica en que se metió al sector en el sexenio pasado, con la reversa de las reformas energéticas del 2013 que estaban generando un verdadero boom de inversiones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *