El desprestigio de la clase política es exactamente proporcional a la ambición de su clase dirigente. La aparición de Julio Lorenzini en la boleta por San Pedro Cholula no obstante tener un patrón de conducta violento frente a las mujeres es una claro síntoma de ello.

No es el único. En el pasado inmediato están figuras como la de Héctor Alonso Granados y José Juan Espinosa Torres, ambos beneficiarios de la marca Morena con una conducta claramente misógina, machista y patriarcal.

En esa misma condición está esa franquicia electoral casi inexistente Compromiso por Puebla que decidió entregar una candidatura a Inés Saturnino López Ponce, un panista que mal gobernó Tecamachalco, el municipio que bajo su mano floreció el huachicol, pero también obvias y documentadas expresiones de violencia política en razón de género.

Más recientemente el caso del hermano de Ricardo Monreal, David, quien es candidato al gobierno de Zacatecas por haberse exhibido al momento de tocarle una nalga a la candidata a la presidenta municipal de Juchipila, Rocío Moreno.

La lista de impresentables se extiende a todos los partidos políticos, corrientes ideológicas y grupos de poder. En todos los espacios de discusión y toma de decisiones anida la misoginia y la proclividad al desprecio por lo femenino. Las expresiones machistas no son las únicas que deberían ser desterradas de la actividad política.

Hace uno días el partido Fuerza por México que dirige Gerardo Islas Maldonado apostó por fichar a un príncipe de la Iglesia Católica como Onésimo Cepeda, vinculado con lo grupos de poder más condenables en la historia política de México.

No conforme con ello, unos días después vino a Puebla para presentar como su abanderado a la presidencia municipal de la capital de Puebla a un personaje que ha pisado la cárcel hasta en tres ocasiones -dos en Puebla y una en Veracruz-, a Eduardo Rivera Santamaria.

El desprecio y rechazo de la sociedad resulta de una causa de causa. Círculo perverso en el que se mezcla el interés mezquino de un grupo de poder por encima de las auténticas y legítimas demandas generales de la gente que vive y padece las imperfecciones de un sistema que hace agua.

Hay métrica y rigor para medir el grado de enojo respecto de la clase dominante en México y Puebla. Se trata de la Encuesta Nacional de Cultura Cívica de 2020 que ubica a los partidos políticos y a los sindicatos en el sótano de la aprobación general.

De acuerdo con esta medición a cargo del Instituto Nacional de Geografía, casi ocho de cada diez personas mayores de edad consultadas rechazan tener confianza con cada una de las franquicias electorales.

Las agrupaciones sindicales rondan los siete de cada diez mexicanos que tiene repudio hacía las agrupaciones gremiales y sus líderes, casi todos en el imaginario como el representante charro y corrupto.

La encuesta cuyo rigor metodológico está fuera de toda duda ofrece un resultado que no es nuevo, pero siempre es alentador en medio de un páramo plagado de intereses mezquinos y gregarios: iglesia, sacerdote y medios son las instituciones que gozan de la mayor aprobación en el imaginario del mexicano.

 

@FerMaldonadoMX

Parabolica.MX escribe Fernando Maldonado